Ser santo es amar – Blog del Sagrado Corazón de Jesús

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Ser santos es amar. Es no olvidar nuestro encuentro con el resucitado; ser santo significa recordar que la mayor alegría que podemos tener nos llegó mediante la resurrección de Jesucristo.

Esta era la convicción de los apóstoles. Ellos ya eran santos aun antes de la resurrección porque vivían cerca de Cristo. Eso es la santidad, vivir con Cristo, vivir felices.

Simón Pedro expresó maravillosamente esta verdad cuando muchos discípulos de Jesús decidieron abandonarlo cuando les habló de darles a comer su cuerpo y darles a beber su sangre; cuando él preguntó a los doce si también ellos querían dejarlo, Pedro dijo: “¿y a quién iremos Señor? solo tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros creemos y sabemos que tú eres el hijo de Dios” (Jn 6, 67-69). Es decir, tú nos das motivos para estar felices.

Estar con Jesús nos hace inmediatamente santos. Es cierto que hay que tener intención; pero más que todo, buena voluntad; porque estar con Jesús no se trata solo de estar, sino de vivir cerca de él, esto es, como los apóstoles; conocerlo cada vez más, interesarse por el reino de Dios. Dejarse educar y conducir por él.

Ser santo significa dejarse pastorear por Jesús. Dejarse conducir por sus palabras, por sus enseñanzas, por sus ejemplos. Es dejarse llevar según los criterios y el corazón de Jesús.

Los primeros cristianos vivían en la esperanza de la resurrección. Ellos preferían vivir para Cristo que para sí mismos. Innumerables textos de la Escritura nos hablan de esta verdad. Se trata del amor preferencial a Jesús. Es decir, a amar a Dios sobre todas las cosas en la persona de Jesús. Y amar a Jesús no es solamente sentir bonito; como cualquier especie de amor; es cierto.

En nuestros días se ha dedicado demasiado, se ha dado demasiada importancia solo al amor erótico o romántico, pero es raro que se hable y que se viva el amor real, el amor más grande del mundo: el amor de Dios, el amor que Cristo nos tiene.

El amor real compromete, no son solo sentimientos ni solo palabras; mucho menos solo pasión; el amor, cualquier amor obliga; amamos a aquello que estamos dispuestos a cuidar. En la actualidad la gente tiene miedo de amar; y no ama. O bien, tienen miedo de amar a alguien y ser dejados, tienen miedo que los dejen de amar, que las cosas no funcionen; por eso actualmente la gente sigue viviendo amores fracasados; y hasta se juntan a vivir, a intentarlo, pero sin compromiso, por si algo saliera mal, alejarse ambas partes sin tener vínculos. Vivir esta clase de amor solo trae desconfianza; algunos pueden vivir muchos años un noviazgo, incluso una vida de pareja bajo el mismo techo, trabajando juntos, pero sin vínculos, sin compromisos verdaderos y serios, ¿qué es esto sino una desconfianza en el amor? ¿No significa acaso que ellos no pueden confiar y que aun viviendo demasiado tiempo juntos lo están desperdiciando porque no se aman?

No hay vínculos. Ni legales, ni religiosos, ni morales, solo hay deseo; deseo y miedo. Pero esto no lleva a ninguna parte, no conduce a lugar seguro. El verdadero amor compromete positivamente. Un amor sin compromisos no es amor, es presagio de ruptura. Aquel miedo que los ha unido, debería darles la fuerza para luchar para que lo que se inicia no tenga fin. Esto es el amor: una tarea, una lucha constante entre el egoísmo y la donación.

Al final de sus días entre nosotros, Jesús lavó los pies a los apóstoles, y luego les dijo que hicieran lo mismo (Jn 13, 4-15); también les dio a comer su cuerpo y a beber su sangre en la primera Eucaristía de la historia, como un signo de comunión, diciéndoles (Mt 26, 26-29). Y les ordenó: ámense unos a otros como yo los he amado (Jn 13, 34-35).

Les dijo también: permanezcan en mi amor (Jn 15, 9). Eso es el amor verdadero. También les dijo: cualquier cosa que pidan en mi nombre, es decir, reunidos en mi nombre, el Padre se lo concederá (Mt 18, 19-20). Unidos en el nombre de Jesús, no solo en intención, no solo una unión física, sino una verdadera comunión de fe y de amor.

El permanecer unidos en el amor es lo que da la santidad. Esto era la Iglesia del principio: una comunidad de fe y de amor en donde nadie consideraba suya ninguna cosa que poseyera, es decir, todos dejaban de poseer sus propios bienes para obtener el bien mayor. Ellos perseveraban en la oración y en la escucha de la Palabra (Hch 2, 42).

La santidad entonces es darse: donarse a otros, por eso ha habido santos increíbles, porque entendieron perfectamente que su vida estaba en las manos de Dios y que ellos se debían solamente a su Señor; sabían que viviendo el amor no les faltaría ninguna cosa. Esto habrá que aconsejarles a quienes creen que se aman: que sigan creyendo fuertemente en eso que sienten y en eso que quieren. Para permanecer en el amor.

Cuando alguna persona se une a otra, simulando un matrimonio, cuando se practica la unión libre, se echa el amor a la calle, se arroja por la ventana, se tira a la basura, porque, sin haber un compromiso firme, sin creer en que esto será estable, sin haber verdadero compromiso, cualquiera de las partes podría intentar un amor con otra persona, se dejaría abierta la posibilidad a la infidelidad puesto que si no hay vínculos cada uno es libre; libre para quedarse o libre para buscar y encontrar un verdadero amor; lo cual difícilmente llegará con esta mentalidad de perdedores. El amor no es para cualquiera, acaso por eso la gente ya no se ame, ya no crea ni en el matrimonio legal ni en el matrimonio sacramental: el amor es lo que se ha echado fuera, por eso no funcionan la mayoría de etas relaciones humanas.

Es cierto que en los matrimonios bien establecidos también ocurren rupturas, sin embargo, esto se debe también a la falta de credibilidad en el amor y en el descuido de aquellas personas a quienes se ama. Y hay demasiada confusión, se piensa que si no se siente es que el amor se acabó y que eso da derecho a la separación, porque las cosas no funcionaron. Y esto es absurdo; veamos: cualquiera que tiene, por ejemplo el auto descompuesto, solo piensa en arreglarlo o venderlo; ocurre una falla mecánica o eléctrica, y se pregunta el propietario dónde está dicha falla, acude con algún especialista y no descansa hasta encontrar el origen de la descompostura. De la misma manera debería ocurrir en la relación de pareja: si algo no está funcionando, se debe buscar la falla, el origen de esa descompostura, hasta dar con ella cueste lo que cueste, se supone que a aquella persona la amamos, deberíamos, por tanto, buscar la falla y corregirla; no significa que si algo no funcione debemos echarlo a la calle; aunque es difícil aun pensar en estas categorías, debido a que vivimos en un mundo en que lo práctico es lo que cuenta. Nos han enseñado a usar y tirar, ni aun siquiera nos han enseñado a reciclar correctamente, por lo menos no en este país. Si una cosa no funciona se reemplaza por otra que sí funcione. Todo es desechable, hasta el amor.

Me despierto por la mañana y siento mi cuerpo desechable, mis pies desechables, mis brazos desechables; me levanto, me lavo la cara y me quito las barbas desechables, miro mi imagen en el espejo, ahí están mis ojos desechables, mi nariz desechable, mi boca desechable.

Salgo a la calle y me encuentro con otras personas desechables, solo desechos humanos deambulan por las calles de mi ciudad. Esto no puede continuar, el hombre debe funcionar, no puede ser desechable, no ahora que aun no llega la resurrección de los muertos. Debemos aprender a no ser desechables, aprender que no lo somos. Que la condición humana tiene remedio, que no todo está perdido; necesitamos aprender a amar, porque solamente el amor es lo que puede restaurar la humanidad desechable, solo el amor puede crear al hombre otra vez, restaurarlo, repararlo; solo el amor puede salvar al mundo. Solo el amor.

La santidad es vivir el amor. Es creer en el amor como algo que está ocurriendo y como alguien que está cerca: “yo estaré, sépanlo, con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).

El Padre Pacco Magaña es sacerdote de la GdH del Sagrado Corazón en SLP, Mexico.

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