San Juan Pablo II: Simeón y Anna

San Juan Pablo II: Simeón y Anna

San Juan Pablo II: Simeón y Anna

Simeón y Ana representan la espera de todo Israel. Se les concede la gracia de encontrarse con Aquel a quien los profetas habían anunciado desde hacía siglos. Los dos ancianos, iluminados por el Espíritu Santo, reconocen al Mesías esperado en el niño que María y José, para cumplir lo que prescribía la ley del Señor, llevaron al templo.

Las palabras de Simeón tienen un acento profético: el anciano mira al pasado y anuncia el futuro. Dice: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos, luz para alumbrar a las naciones, y gloria de tu pueblo, Israel» (Lc 2,29-32). Simeón expresa el cumplimiento de la espera, que constituía la razón de su vida. Lo mismo sucede con la profetisa Ana, que se llena de gozo a la vista del Niño y habla de él «a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lc 2,38).

El evangelista dice de la profetisa Ana que «no se apartaba nunca del templo» (Lc 2,37). La primera vocación de quien opta por seguir a Jesús con corazón indiviso consiste en «estar con él» (Mc 3,14), vivir en comunión con él, escuchando su palabra en la alabanza constante de Dios (cf. Lc Lc 2,38). En este momento, pienso en la oración, especialmente la litúrgica, que se eleva desde tantos monasterios y comunidades de vida consagrada esparcidos por toda la tierra. Queridos hermanos y hermanas, haced que resuene en la Iglesia vuestra alabanza con humildad y constancia; así, el canto de vuestra vida tendrá un eco profundo en el corazón del mundo.

La gozosa experiencia del encuentro con Jesús, el júbilo y la alabanza que brotan del corazón no pueden quedar escondidos.

 

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