San Agustín de Hipona: La resurección de Lazaro

San Agustín de Hipona: La resurección de Lazaro

San Agustín de Hipona: La resurección de Lazaro

1-5. La resurrección de Lázaro es el milagro que más se publica entre todos los que hizo el Señor. Pero si nos fijamos en quién lo hizo, más bien debemos alegrarnos que admirarnos. Resucitó al hombre el que hizo al hombre, y más es crearlo que resucitarlo. En Betania había enfermado Lázaro; por eso dice: «De Betania, aldea de María y de Marta», etc., cuya aldea estaba próxima a Jerusalén.

Ellas no dijeron, ven y sánalo; ni se atrevieron tampoco a decir: mándalo desde ahí y aquí se hará la curación. «He aquí que el que amas está enfermo»; como diciendo: basta que lo sepas, porque no amas y abandonas.

Porque la misma muerte no era para la muerte, sino para hacer un milagro, mediante el cual los hombres creerían en Cristo y evitarían la verdadera muerte. Por eso el Señor añade: «Sino para gloria de Dios», en donde indirectamente el Señor se llama a sí mismo Dios, contra los herejes que dicen que el Hijo de Dios no es Dios. Escucha las palabras que siguen, y que se refieren a la gloria de este Dios: «Para que sea glorificado el Hijo de Dios por ella», esto es, por la enfermedad.

El enfermo, ellas tristes, todos amados. Tenían, pues, esperanza, porque eran amados de quien es el consuelo de los afligidos y la salud de los enfermos.

6-10. En donde estuvo para ser apedreado, y de donde parecía haber huido para no serlo. Huyó como hombre, pero volvió allí como olvidándose de su debilidad y haciendo brillar su poder.

El Señor los corrige cuando siendo hombres pretenden dar consejo a Dios, y siendo discípulos a su Maestro. «Jesús respondió: ¿Por ventura no son doce las horas del día?». Para enseñarnos que El que es el día, eligió doce discípulos. En este número no preveía a Judas, sino a su sucesor, pues cuando él cayó lo sucedió Matías, y el número doce quedó íntegro. El día ilumina las horas para que por la predicación de las horas crea el mundo en el día. Seguidme a mí si no queréis tropezar. «El que anduviese de día no tropieza», etc.

11-16. Dijo que dormía y era verdad, porque dormía para el Señor y sólo estaba muerto para los hombres, que no podían resucitarlo. Pero el Señor lo resucitaba del sepulcro con tanta facilidad como tú no tienes cuando despiertas a un hombre que duerme. Luego en virtud de su poder dijo que dormía, conforme a lo que dijo el Apóstol (1Tes 4,12): «No quiero que ignoréis respecto a los que duermen». Los llamó dormidos porque predijo que habían de resucitar. Pero así como entre los que diariamente duermen y se despiertan, cada uno sueña -unos tienen sueños alegres, otros atormentadores-, así, cada cual tiene su razón para dormir y su razón para levantarse.

Los discípulos respondieron según lo que habían entendido. «Mas Jesús había hablado de su muerte, y ellos entendieron que decía del dormir de sueño».

El les dice claramente lo que les había dicho de una manera misteriosa: «Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto».

El había sido anunciado como enfermo, no como muerto. Pero ¿qué podía estar oculto a los ojos de Aquel que lo había creado, y a cuyas manos había ido el alma del difunto? El les dice: «Me huelgo por vosotros de no haber estado allí, para que creáis», a fin de que empezaran a admirarse de que el Señor decía que había muerto sin haberlo visto ni oído. Aquí debemos recordar que la fe de los discípulos aún se estaba formando por medio de milagros. No comenzaba la fe en ellos, sino que se desarrollaba. Las palabras «para que creáis» quieren decir: para que creáis con más fuerza.

17-27. Muchas cosas pueden decirse sobre estos cuatro días, pues una misma cosa puede tener diversas significaciones. El pecado original con que el hombre nace, es el primer día de muerte; cuando el hombre infringe la ley natural, es el segundo día de muerte; la Ley de la Escritura dada por Moisés y de origen divino, cuando es menospreciada, es el tercer día de muerte. Viene, por fin, el Evangelio, y lo quebrantan los hombres; he aquí el cuarto día de su muerte. Pero el Señor no desdeña venir a resucitar a todos éstos.

No le dice: Te ruego que resucites a mi hermano, porque ¿cómo sabía ella que le era útil resucitarlo? Solamente dice: Sé que si quieres, puedes hacerlo; ahora bien, que lo hagas, eso queda a tu juicio, no al mío.

La palabra resucitará fue ambigua, porque no dijo ahora, y por eso Marta le dijo: «Bien sé que resucitará en el último día». De aquella resurrección estoy cierta; de ésta no.

Dice, pues: «El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás». Porque la vida del alma es la fe. «Y todo aquel que vive (en la carne) y cree en mí (aunque muera en el tiempo por la muerte del cuerpo) no morirá jamás».

O bien, creyendo que tú eres el Hijo de Dios, he creído que tú eres la vida, porque aquel que cree en ti, aun cuando muera vivirá.

28-32. Debe notarse que el evangelista llama silencio a la voz baja, porque ¿cómo es que calló cuando añadió, diciendo: «El Maestro está aquí y te llama»?

Debe notarse también, que el evangelista no dice dónde, cuándo y cómo el Señor llamara a María, a fin de hacernos comprender por las palabras de Marta lo que El omitiera en fuerza de la brevedad de la narración.

Donde se ve que Marta no se le habría anticipado si ella hubiera sabido la llegada de Jesús.
«Jesús aún no había llegado a la aldea», etc.

Al evangelista le tocó decirnos esto, a fin de enseñarnos por qué motivo había allí muchos judíos cuando Lázaro fue resucitado, y era para que hubiese muchos testigos de un milagro tan grande como fue la resurrección de un muerto de cuatro días.
Prosigue: «Y María, cuando llegó a donde Jesús estaba, luego que le vio se postró a sus pies».

33-41. ¿Quién podía turbarlo sino El mismo? Cristo se turbó porque quiso; tuvo hambre porque quiso. En su poder estaba el tener tal aflicción o no tenerla, porque el Verbo tomó un cuerpo y un alma, uniéndose toda la naturaleza humana en la unidad de persona; y por esto, allí en donde está el soberano poder, la debilidad no se turba sino al arbitrio de la voluntad.

Gime en ti mismo si quieres revivir, se dice a todo hombre que está agobiado bajo el peso de una mala costumbre. «Era una gruta, y habían puesto una losa sobre ella». Muerto bajo la piedra, reo bajo la Ley, porque la Ley fue dada a los judíos escrita sobre piedra. Todos los reos están bajo la Ley, porque la Ley no se ha hecho para el justo (1Tim 1).

En sentido místico, las palabras: «Quitad la losa» quieren decir: Quitad el peso de la Ley; predicad la gracia.

42-45. Todo el que peca, muere; pero Dios, por su misericordia infinita, resucita las almas a fin de que no mueran por toda la eternidad. Así, pues, nosotros creemos que en los tres muertos que el Salvador resucitó en sus cuerpos, se nos da a entender algo relativo a la resurrección de las almas.

O bien, la muerte está dentro cuando el pensamiento del mal no se ha convertido en acto exterior por la obra; pero si pusiste por obra el mal pensamiento, llevaste la muerte fuera de la puerta.

Y sin embargo, el Señor amaba a Lázaro, porque si no amara a los pecadores, no hubiera bajado del cielo a la tierra. La expresión «ya hiede» cuadra perfectamente a aquel que tiene hábito de pecar, porque empieza a exhalar una reputación detestable y un hedor insufrible. Con razón dijo: «Es muerto de cuatro días», porque el último de los elementos es la tierra. Esta expresión significa el abismo de los pecados terrenales, esto es, de los apetitos carnales.

O bien, de otra manera: cuando desprecias, yaces muerto; cuando confiesas, sales adelante. ¿Qué otra cosa es salir adelante, sino manifestarse saliendo de lugar oculto? Pero Dios hace que te confieses gritando en voz alta, esto es, llamándote por una gracia singular. El muerto que se adelanta está aún atado de pies y manos; es reo aún. Por eso, para que se desataran los pecados dijo a los ministros: «Desatadle y dejadle ir», es decir, lo que desatareis en la tierra será desatado en el cielo.

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