La Virgen María y las 10 virtudes que debemos imitar:

La Virgen María y las 10 virtudes que debemos imitar:

La Virgen María y las 10 virtudes que debemos imitar:

Nos dice San Ireneo de la Virgen María que el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; lo que ató la Virgen Eva por la incredulidad, la virgen María lo desató por la fe. La obediencia de María desató el nudo del pecado, porque ella fue la escogida por Dios para que el Mesías viniera y habitara entre nosotros. María con su obediencia, su humildad, su amor a Dios, cautivó al Espíritu Santo y nosotros, si queremos cautivar a este mismo Santo Espíritu debemos procurar imitar las virtudes de María. El Espíritu Santo engendró en María al verbo encarnado, y el Espíritu Santo, engendrará de una forma mística al Verbo, al amor, en nosotros si reconoce en nuestra alma, las virtudes de nuestra Madre, la Virgen María.

La primer de las virtudes que debemos imitar de María es su humildad,
dice San Alfonso María de Ligorio. María, siendo la primera y más perfecta discípula de Jesucristo en todas las virtudes, también lo fue en esta virtud de la humildad, gracias a la cual mereció ser exaltada sobre las criaturas.
María se vería tan pequeña, que si bien conocía que está enriquecida de gracias más que los demás, no se ensalzaba sobre ninguno. No es que la Virgen se considerase pecadora, porque la humildad es andar en la verdad, y María sabía que jamás había ofendido a Dios. Dice San Bernardino que no hubo criatura en mundo más exaltada que María porque no hubo criatura que más se humillase que María.
Dijo María a santa Brígida: ¿Por qué me humillé tanto y merecía tan gracia sino porque supe que no era nada y nada tenía como propio?
Es propio de los humildes el servicio. María se fue a servir a Isabel durante tres meses; a lo que comenta san Bernardo: Se admiró Isabel de que llegara María a visitarla, pero mucho más se admiraría al ver que no llegó para ser servida, sino para servirla.

La segunda de las virtudes que debemos imitar de María es el amor a Dios
Dice San Bernardo donde hay mayor pureza, allí hay más amor. Cuanto más puro es un corazón y más vacío de sí mismo, tanto más estará lleno de amor a Dios. María Santísima, porque fue humilde y vacía de si misma, por lo mismo estuvo llena del divino amor, de modo que progresó en ese amor a Dios más que todos los hombres y todos los ángeles juntos. Como escribe San Bernardino, supera a todas las criaturas en el amor hacia su Hijo. Por eso San Francisco de Sales la llamó con razón la reina del amor.

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La tercera de las virtudes que debemos imitar de María es su amor al prójimo
El amor a Dios y al prójimo se contienen en el mismo precepto. «Este mandato hemos recibido del Señor: que quien ame a Dios ame también a su hermano» (1Jn 4,21). La razón es, como dice santo Tomás, porque quien ama a Dios ama todas las cosas que son amadas por Dios. Santa Catalina de Siena le decía un día a Dios: Señor, tu quieres que yo ame al prójimo, y yo no sé amarte más que a ti. Y Dios al punto le respondió: El que me ama, ama todas las cosas amadas por mí. Mas como no hubo ni habrá quien haya amado a Dios como María, así no ha existido ni existirá quien ame al prójimo más que la Virgen María.


La Virgen María, viviendo en la tierra, estuvo tan llena de caridad que socorría las necesidades sin que se lo pidiesen, como hizo precisamente en las bodas de Caná cuando pidió al Hijo el milagro del vino exponiéndole la aflicción de aquella familia. «No tienen vino» (Jn 2,3). ¡Qué prisa se daba cuando se trataba de socorrer al prójimo! Cuando fue para cumplir oficios de caridad a casa de Isabel, «se dirigió a la montaña rápidamente» (Lc 1,39). No pudo demostrar de forma más grandiosa su caridad que ofreciendo a su Hijo por nuestra salvación.

La cuarta de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su fe.
Así como la santísima Virgen María es madre del amor y de la esperanza, así también es madre de la fe. «Yo soy la madre del amor hermoso y del temor, del conocimiento y de la santa esperanza» (Ecclo 24,17). Y con razón, dice san Ireneo, porque el daño que hizo Eva con su incredulidad, María lo reparó con su fe. Eva, afirma Tertuliano, por creer a la serpiente contra lo que Dios le había dicho, trajo la muerte; pero nuestra reina, creyendo a la palabra del ángel al anunciarle que ella, permaneciendo virgen, se convertiría en madre del Señor, trajo al mundo la salvación. Mientras que María, dice san Agustín, dando su consentimiento a la encarnación del Verbo, por medio de su fe abrió a los hombres el paraíso. Ricardo, acerca de las palabras de san Pablo: «El varón infiel es santificado por la mujer fiel» (1Co 7,14), escribe: Esta es la mujer fiel por cuya fe se ha salvado Adán, el varón infiel, y toda su posteridad. Por esta fe, dijo Isabel a la Virgen: «Bienaventurada tú porque has creído, pues se cumplirán todas las cosas que te ha dicho el Señor» (Lc 1,45). Y añade san Agustín: Más bienaventurada es María recibiendo por la fe a Cristo, que concibiendo la carne de Cristo.

La quinta de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su esperanza ya que de la fe nace la esperanza. Para esto Dios nos ilumina con la fe para el conocimiento de su bondad y de sus promesas, para que nos animemos por la esperanza a desear poseerlas. Siendo así que María tuvo la virtud de la fe en grado excelente, tuvo también la virtud de la esperanza en grado sumo, la cual le hacía proclamar con David: «Mas para mí, mi bien es estar junto a Dios. He puesto mi cobijo en el Señor» (Sal 72,28). María es la fiel esposa del divino Espíritu de la que se dijo: «Quién es ésta que sube del desierto apoyada en su amado» (Ct 8,5). Porque, comenta Algrino, despegada siempre de las aficiones del mundo tenido por ella como un desierto, y no confiando desordenadamente en las criaturas ni en los méritos propios, apoyada del todo en la divina gracia en la que sólo confiaba, avanzó siempre en el amor de su Dios.

La sexta de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su Castidad. Después de la caída de Adán, habiéndose rebelado los sentidos contra la razón, la virtud de la castidad es para los hombres muy difícil de practicar. Entre todas las luchas, dice san Agustín, las más duras son las batallas de la castidad, en la que la lucha es diaria y rara la victoria. Pero sea siempre alabado el Señor que nos ha dado en la Virgen María un excelente ejemplar de esta virtud.

Con razón, dice san Alberto Magno, se llama virgen a la Virgen María porque ella, ofreciendo su virginidad a Dios, la primera, sin consejo ni ejemplo de nadie, se lo ha dado a todas las vírgenes que la han imitado. Como predijo David: «Toda espléndida la hija del rey, va dentro con vestidos de oro recamados…; vírgenes con ella, compañeras suyas, donde él son introducidas» (Sal 44,14-15). Sin consejo de otros y sin ejemplo que imitar. Dice san Bernardo: Oh Virgen, ¿quién te enseñó a agradar a Dios y a llevar en la tierra vida de ángeles? Para esto, dice Sofronio, se eligió Dios por madre a esta purísima virgen, para que fuera ejemplo de castidad para todos. Por eso la llama san Ambrosio la portaestandarte de la virginidad.

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La séptima de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su Pobreza. Nuestro amado Redentor, para enseñarnos a desprendernos de los bienes efímeros, quiso ser pobre en la tierra. «Por vosotros se hizo pobre siendo rico, y con su pobreza todos hemos sido enriquecidos» (2Co 8,9). Por eso Jesús exhortaba al que quería seguirle: «Si quieres ser perfecto, vete, vende todo lo que tienes, dáselo a los pobres y ven y sígueme» (Mt 19,21).
La discípula más perfecta y que mejor siguió su ejemplo fue María. Es de opinión san Pedro Canisio que la santísima Virgen, con la herencia dejada por sus padres hubiera podido vivir cómodamente, pero quiso quedar pobre reservándose una pequeña porción y dando todo lo demás en limosnas al templo y a los pobres. Se cuenta en las revelaciones de santa Brígida que le dijo la Virgen: Desde el principio resolví en mi corazón no poseer nada en el mundo. Los regalos recibidos de los Magos serían ciertamente valiosos, afirma san Bernardo, como convenía a su regia majestad, pero se distribuirían a los pobres por manos de san José.

La octava de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su obediencia. Por el amor que María tenía a la virtud de la obediencia, cuando recibió la Anunciación del ángel san Gabriel no quiso llamarse con otro nombre más que con el de esclava: «He aquí la esclava del Señor». Sí, dice santo Tomás de Villanueva, porque esta esclava fiel ni en obras ni en pensamiento contradijo jamás al Señor, sino que, desprendida de su voluntad propia, siempre y en todo vivió obediente al divino querer. Ella misma declaró que Dios se había complacido en esta su obediencia cuando dijo: «Miró la humildad de su esclava» (Lc 1,48), pues la humildad de una sierva se manifiesta en estar pronta a obedecer. Dice san Agustín que la Madre de Dios, con su obediencia, remedió el daño que hizo Eva con su desobediencia. La obediencia de María fue mucho más perfecta que la de todos los demás santos, porque todos ellos, estando inclinados al mal por la culpa original, tienen dificultad para obrar el bien, pero no así la Virgen. Escribe san Bernardino: María, porque fue inmune al pecado original, no tenía impedimentos para obedecer a Dios, sino que fue como una rueda que giraba con prontitud ante cualquier inspiración divina. De modo que, como dice el mismo santo, siempre estaba contemplando la voluntad de Dios para ejecutarla. El alma de María era, como oro derretido, pronta a recibir la forma que el Señor quisiera.

La novena de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su Paciencia. Siendo esta tierra lugar para merecer, con razón es llamada valle de lágrimas, porque todos tenemos que sufrir y con la paciencia conseguir la vida eterna, como dijo el Señor: «Mediante vuestra paciencia salvaréis vuestras almas» (Lc 21,19). Dios, que nos dio a la Virgen María como modelo de todas las virtudes, nos la dio muy especialmente como modelo de paciencia. Reflexiona san Francisco de Sales que, entre otras razones, precisamente para eso le dio Jesús a la santísima Virgen en las bodas de Caná aquella respuesta que pareciera no tener en cuenta su súplica: «Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti?», precisamente para darnos ejemplo de la paciencia de su Madre. Pero ¿qué andamos buscando? Toda la vida de María fue un ejercicio continuo de paciencia. Reveló el ángel a santa Brígida que la vida de la Virgen transcurrió entre sufrimientos. Como suele crecer la rosa entre las espinas, así la santísima Virgen en este mundo creció entre tribulaciones. La sola compasión ante las penas del Redentor bastó para hacerla mártir de la paciencia. Por eso dijo san Buenaventura: la crucificada concibió al crucificado. Y cuánto sufrió en el viaje a Egipto y en la estancia allí, como todo el tiempo que vivió en la casita de Nazaret, sin contar sus dolores de los que ya hemos hablado abundantemente. Bastaba la sola presencia de la Virgen María ante Jesús muriendo en el Calvario para darnos a conocer cuán sublime y constante fue su paciencia. «Estaba junto a la cruz de Jesús su Madre». Con el mérito de esta paciencia, dice san Alberto Magno, se convirtió en nuestra Madre y nos dio a luz a la vida de la gracia.

La décima de las virtudes que debemos imitar de la Virgen María es su vida de Oración. Nadie en la tierra ha practicado con tanta perfección como la Virgen María la gran enseñanza de nuestro Salvador: «Hay que rezar siempre y no cansarse de rezar» (Lc 18,1). Nadie como la Virgen María, dice san Buenaventura, nos da ejemplo de cómo tenemos necesidad de perseverar en la oración; es que, como atestigua san Alberto Magno, la Madre de Dios, después de Jesucristo, fue el más perfecto modelo de oración de cuantos han sido y serán. Primero, porque su oración fue continua y perseverante. Desde el primer momento en que con la vida gozó del uso perfecto de la razón, como ya dijimos en el discurso de la natividad de nuestra Señora, comenzó a rezar. Para meditar mejor los sufrimientos de Cristo, dice Odilón, visitaba frecuentemente los santos lugares de la natividad del Señor, de la Pasión, de la sepultura. Su oración fue siempre de sumo recogimiento, libre de cualquier distracción o de sentimientos impropios. Escribe Dionisio Cartujano: Ningún afecto desordenado ni distracción de la mente pudo apartar a la Virgen de la luz de la contemplación, ni tampoco las ocupaciones.
Y hasta aquí este vídeo con las 10 virtudes que debemos imitar de la Virgen María,

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