La Lanzada – Blog del Sagrado Corazón de Jesús

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Uno de los soldados le atravesó el costado con

una lanza, y al instante salió sangre y agua.

Jn 19, 34

Desde aquel instante, en el tiempo y para toda la eternidad, el Corazón Sagrado de Nuestro Salvador quedó abierto como una puerta que nos lleva al camino de Nuestra Salvación; herida de amor de la cual brotan sin cesar sangre y agua, dos elementos esenciales para la vida en este mundo; ahora lo son también para la eternidad, pues nos significan: en la sangre la Eucaristía y en el agua el bautismo.

Si te pudieras imaginar a ti mismo en aquel momento del Calvario, viendo a Cristo pendiendo de la cruz, derramando hasta la última gota de sangre de su Sagrado Corazón, lo que tus ojos verían sería solo una parte de lo que eso significa; la otra parte la experimentaría tu alma; por una parte viendo a Dios encarnado, hombre lastimado, humillado, sacrificado, dándose todo: su voluntad, su cuerpo, su sangre y su alma; ¿Por qué? ¿Qué significó? Un “sacrificio de amor”, entregó la vida voluntariamente, confiando en el plan Salvífico del Padre… ¿Salvarnos de qué? De la muerte eterna, porque, aunque en estos tiempos se hable poco de ello, lo eterno está, lo eterno existe; ayer, hoy, mañana y siempre; es lo eterno lo que no pasa. Y esa es la parte que tu alma sí experimentaría, indudablemente. Dios hecho hombre nos viene a mostrar ese camino para llegar a la eternidad; pero una eternidad vivida a su lado; la vida que él quiere darnos, pues para eso hemos sido creados; porque Él es un Dios de vida, no de muerte.

Si regresamos al actuar del soldado vemos que él traspasó a Jesús, traspasó el costado del Salvador; ni aún en esos momentos, en los que tuvo frente a sí al Hijo de Dios, pudo reconocerlo, y sin delicadeza traspasó su corazón; en esta lanza véanse representados todos los pecados mortales que siguen hiriendo en estos tiempos al Divino Corazón; estas son las acciones que te llevan a la muerte; y ya no estamos hablando de la muerte del cuerpo, sino de la eterna; esa es la condenación: con tus propios actos, con tu propia decisión, te acercas a la muerte eterna. ¿Por qué no te dueles de tus actos? ¿Por qué no te duele tener frente a ti al crucificado, con sus pies y manos clavadas en la cruz, frente a ti, entregando todo por ti; y tú al contrario, vas y clavas una lanzada en su corazón?

¿Y sabes lo que pasa mientras tú clavas esa lanzada en su corazón? Lo mismo que pasó hace dos mil años: brota de su costado sangre y agua; a cambio de tu pecado, a cambio de tu lanzada, te sigue ofreciendo el camino de la salvación; por el bautismo te hace Hijo de Dios, te limpia, te purifica con su sangre y agua; con su sangre te regala la Eucaristía, que es lo único que te da vida, la vida eterna…

Ve hacia él, hacia esa puerta abierta que es el corazón traspasado del Salvador; no te quedes con la lanza empuñada en tus manos; arrójala lejos y entra en su herida de amor y abísmate en ella, para que ahí te limpie y te purifique de todo mal.

Tienes al Hijo de Dios frente a ti, ámalo, no lo hieras más.

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Este artículo fue escrito por Taide Leticia Martinez - GdH de SLP, Mexico.

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