Juan Taulero: Fue lavado en la sangre de Cristo

Juan Taulero: Fue lavado en la sangre de Cristo

Sermón de Juan Taulero:

Juan Taulero, futuro fray Juan Taulero, llamado el Doctor Iluminado, nació en Estrasburgo, Alemania, por el año 1300. Tuvo al menos una hermana, que en su juventud optó, como él, por la vida dominicana. Ella cuidó a fray Juan, ya agotado y en retiro, en sus días postreros. No consta que en la infancia y pubertad de Juan hubiera detalles llamativos. Pero debió haberlos, pues sus padres recibieron con júbilo su proyecto vocacional, a los 15 años, y su ingreso en el Convento y Estudio General de los dominicos. Tampoco consta en relato alguno,cuál fue la chispa que encendió en interior la llama vocacional. Pudo ser la imagen, cercanía, predicación, acción apostólica de los frailes, o también un amanecer cualquiera en el que se pregunto: ¿Quién soy y para qué estoy aquí?

Sermón:

Nuestro Señor llegó a la piscina de Betesda y encontró allí a un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo, y le dijo: «¿Quieres quedar sano?»… Hijos mío, fijaos bien en que este enfermo estaba allí desde hacía mucho tiempo, muchos años. Este enfermo estaba destinado para servir a la gloria de Dios y no a la muerte (Jn 11,4). ¡Oh, si nos esforzáramos a comprender, con espíritu de verdadera penitencia, la enseñanza profunda que hay en el hecho de que el enfermo esperaba desde hacía treinta y ocho años, que Dios lo curara y le ordenase marcharse de allí!

Esta enseñanza va dirigida a las personas que, apenas han comenzado una vida un poco diferente, si no ven en ellos los grandes cambios esperados, creen que todo está perdido y se quejan a Dios como si les tratara injustamente. Puesto que hay pocas personas que poseen esta noble virtud de poderse abandonar y resignar, que no se creen ser más de lo que son y soportan sus flaquezas, sus obstáculos y sus tentaciones hasta que el mismo Señor les sana… ¡qué poder y qué dominio de sí se dará a estas personas! Es a éstos a quien se les dirá: «Levántate, no debes seguir acostado, debes salir triunfante de toda clase de cautividad, ser desatado y andar con total libertad; llevarás tu lecho, es decir, lo que antes te llevaba ahora debes quitártelo de encima y llevarlo con poder y fuerza.» Aquel que el Señor liberará de sí mismo, éste estará bien liberado, su vida estará llena de gozo y, después de una larga espera tendrá una maravillosa libertad, de la que se ven privados los que creen poder liberarse ellos mismos y rompen sus ataduras antes de tiempo.

Esta piscina representa a la persona de nuestro Señor Jesucristo, digno de amor, y el agua removida en esta piscina, es la sangre bendita del Hijo de Dios tan querido, Dios y hombre, que nos lavó a todos con su sangre preciosa y que, por amor, quiere lavar a todos los que acuden a Él (1P 1,19; Ap 7,14) …

Los enfermos pueden simbolizar a los hombres entregados al orgullo, a la cólera, al odio, a la avaricia, a la lujuria, lo que nos da a entender que todos los enfermos de este género, que pueden lavarse en la sangre de Cristo, serán completamente curados, si quieren sumergirse en esta agua. Los cinco pórticos de esta piscina pueden representar, en cierto sentido, las cinco heridas sagradas de nuestro Señor, por las cuales y en las cuales todos nosotros hemos sido salvados… Bajo estos pórticos de la piscina se albergaban un gran número de enfermos, y el que descendía a la piscina, en cuanto se agitaba el agua, quedaba completamente curado. ¿Qué significan pues esta agitación y este contacto, sino que el Espíritu Santo desciende desde lo alto sobre el hombre, y toca el interior del hombre, provocando allí una gran agitación, y que el interior de este hombre verdadera y completamente ha cambiado? No prueba más las cosas que le gustaban antes; y lo que le horrorizaba, ahora es su goce.

El desprecio, la pobreza exterior e interior, la renuncia, la vida interior, la humildad, el despego de todas las cosas creadas: he aquí lo que hace ahora su mayor felicidad. Cuando este contacto se efectúa, el enfermo, es decir el hombre exterior, desciende por completo al fondo de la piscina, y se lava en Cristo, en su sangre preciosísima y, por la virtud de este contacto, seguramente queda curado, como también está escrito en otro lugar: «todos los que le tocaban quedaron curados» (Mt 14,36).

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