Filosofía de Santo Tomás de Aquino. Suma Contra Gentiles.

Filosofía de Santo Tomás de Aquino. Suma Contra Gentiles.

Filosofía de Santo Tomás de Aquino. Suma Contra Gentiles. 

Libro 1, Capítulos de 1 al 9

El oficio del sabio

Lo que hace el sabio es ordenar directamente las cosas y gobernarlas bien. El buen orden y gobierno de las cosas requiere conocer el fin de estas cosas. Si conocemos la causa final de este algo concreto podremos ordenarlo y gobernarlo bien. Esto es muy sencillo de entender si lo vemos con un ejemplo. Hoy día los móviles hacen muchas cosas, pero imaginemos por un momento que sólo sirven para hacer llamadas y para recibir llamadas. Nos regalan un móvil. Si queremos usarlo de forma ordenada debemos conocer su fin, es decir, hacer llamadas y recibir llamadas. Si conocemos el fin del móvil podemos darle un uso ordenado, es decir bueno. Si por el contrario no conocemos el fin del móvil y lo utilizamos para otra cosa, por ejemplo, para limpiar el suelo, estaremos dando un orden incorrecto y erróneo al móvil. El que ordena el uso del móvil al fin para el que fue hecho, hacer llamadas y recibir llamadas, diremos que es sabio en esta área concreta. Si utiliza el móvil para otros fines ajenos al fin real del móvil diremos que comete un error. Es en el fin, por tanto, que conocemos el bien de la cosa. El buen uso del móvil se nos revela en el momento que conocemos su fin.

Fijémonos en los fines de las ciencias, por ejemplo la medicina y la farmacia. La medicina es una ciencia principal respecto de la farmacia, a esta ciencia principal Santo Tomás la llama arquitectónica. También vemos que hay una ciencia que es la del arte de gobernar, y otra que guarda relación con ella que es la arquitectura naval. La primera, es decir, el arte de gobernar es una ciencia principal y arquitectónica respecto de la arquitectura naval. Vemos que hay muchas ciencias, y unas son superiores a otras. Pero todas las ciencias se ocupan de los fines de ciertas cosas particulares y no llegan al fin universal de todo ser, por eso a estas personas se les llama sabios en esta o en otra cosa, pero no sabios en un sentido propio.

El sabio en sentido propio, por tanto, no es el que estudio un fin particular de un ser concreto, sino que el sabio es aquel que estudia el fin universal. Este fin que es principio de todos los seres particulares que estudian las demás ciencias. Por esto, dice Aristóteles que es propio del sabio estudiar las causas más altas, pues el sabio estudio la causa final universal.

Ahora están de moda esos contenedores de basura para reciclar, uno destinado a la materia orgánica, otro al plástico y otro al cristal. Si yo voy con una bolsa de materia orgánica y lo tiro en el contenedor de plástico estaré haciendo un uso incorrecto del contenedor, estaré haciendo un uso desordenado del contenedor, porque tiro la materia orgánica donde debería ir el plástico. Y yo tengo una pregunta para ustedes ¿Quién decide que este o aquel contenedor es el de la materia orgánica, o el del plástico o el del cristal? Lo decide aquel que se ha inventado este método de reciclaje, aquel que ha hecho este sistema de gestión de residuos, es el hacedor o motor, así lo llamaría Aristóteles. Por tanto, el que decide el fin de cada cosa particular es el hacedor de esa cosa particular. Si queremos saber cuál es el fin de todo el universo debemos conocer quién es su hacedor o motor, Santo Tomás nos dice que el hacedor de todo el universo es el entendimiento, quizá ahora mismo no lo entendamos, pero no se preocupe porque más adelante lo explicaremos. Si el fin del universo es el entendimiento, y el bien del entendimiento es la verdad, hemos de afirmar que el fin del universo es la verdad. Por esta razón Aristóteles afirma que la primera Filosofía es la ciencia de la verdad y no de cualquier verdad particular, sino de la verdad que es origen de todas las cosas. Es decir, la verdad del primer principio del ser de todas las cosas. Lo propio del sabio, por tanto, es contemplar, principalmente, la verdad del primer principio y juzgar de las otras verdades, también será propio del sabio luchar contra el error.

Cuál sea la intención del autor de esta obra

La sabiduría en un sentido estricto decimos que es el estudio de la Verdad. El estudio de la sabiduría es el más perfecto, el más sublime, el más provechoso y el más alegre. Dice Santo Tomás de Aquino que es el más perfecto porque con él, el hombre, posee parte de la verdadera bienaventuranza; es el más sublime porque por su estudio el hombre se asemeja a Dios y la semejanza es causa de amor. El estudio de la sabiduría nos une a Dios por amistad; es el más provechoso porque la sabiduría es camino para llegar a la inmortalidad; es el más alegre porque no es amarga su conversación ni dolorosa su convivencia, sino alegría y gozo.

Santo Tomás se propone en esta obra que estamos estudiando, la Suma Contra los Gentiles dos cosas: 1. Manifestar, en cuanto sea posible, la verdad que profesa la fe católica. 2. Eliminar los errores contrarios a la fe católica.

Respecto de este segundo propósito, es decir, “Eliminar los errores contrarios a la fe católica”, Santo Tomas advierte dos dificultades. La primera dificultad es la de eliminar los errores de los gentiles, dice que es difícil proceder en particular contra cada uno, y que las afirmaciones sacrílegas de los que erraron no nos son detalladamente conocidas. De modo que podamos sacar razones de sus mismas palabras para su refutación como hacían los doctores antiguos que al conocer bien las doctrinas de sus adversarios podían manifestar sus errores. La segunda dificultad es la de aquellos que solo aceptan partes de las escrituras, como los mahometanos y paganos, por esas partes que aceptan debemos intentar sacarlos de sus errores, contra los que aceptan el Antiguo Testamento, como los judíos, podemos argumentar contra sus errores a partir de los libros de esta parte de la Biblia, contra los herejes que aceptan el Nuevo Testamento, podemos manifestar los errores en los que se mueven con la autoridad de esta parte de los libros sagrados. Pero contra los gentiles, que no aceptan la autoridad de la escritura en su totalidad, no aceptan las autoridad de la Biblia, no creen que la Biblia sea un libro revelado por Dios, contra éstos, solo podemos hacerles ver su error a través de los argumentos de razón, aunque sea muy débil la razón humana para estudiar las cuestiones divinas.

Por tanto, para conseguir el propósito de su obra, Santo tomas cuando este investigando una determinada verdad, expondrá los errores que se oponen a ella, y manifestará cómo la verdad racional concuerda con la fe cristiana.

De qué manera es posible manifestar la verdad divina

No hay un único camino para llegar a conocer la verdad. Sino que dependiendo del objeto que queramos conocer tendremos que seguir una senda u otra. No podemos tratar de llegar a una determinada verdad por un camino que no conduce a ella, pues nunca la alcanzaremos.

Respecto a la verdad de lo que confesamos acerca de Dios, hay como dos verdades, hay verdades que sabemos de Dios y que exceden la capacidad humana, por ejemplo que Dios sea uno y trino, es una verdad que sabemos acerca de Dios, pero esta verdad excede la capacidad humana. Hay otras verdades acerca de Dios que la razón humana puede captar, como por ejemplo, la existencia de Dios y algunos atributos divinos, como su unidad, los filósofos han podido llegar a alguna de estas verdades con el uso de la razón, sin embargo, no han podido llegar a las otras, puesto que exceden la capacidad de la razón humana.

No podemos negar que hay verdades acerca de Dios que exceden totalmente la capacidad de la razón humana. Que existen verdades así queda, es decir, que exceden nuestra capacidad de compresión, lo podemos ver por estos tres caminos:

  1. El principio a partir del cual la ciencia puede empezar a funcionar es el conocimiento de la sustancia del objeto estudiado. Es decir, la geología, por ejemplo, es una ciencia que estudia las piedras, la geología puede estudiar las piedras en la medida que es capaz de conocer la substancia de la piedra. ¿Y cómo llega el geólogo a la sustancia de la piedra? El geólogo llega a conocer la sustancia de la piedra a partir de la información que le aportan los sentidos. Es decir, a partir de ver la piedra, tocar la piedra, en definitiva, analizar la piedra con los sentidos, el geólogo llega al conocimiento de la substancia de la piedra. Y esto es así porque el origen del conocimiento humano son los sentidos. El hombre llega a la sustancia de las cosas a partir de los sentidos. El hombre gracias al conocimiento de las cosas sensibles, es decir, de las cosas que nos rodean, los árboles, las montañas, las piedras puede llegar al conocimiento de la existencia de Dios, sin embargo las cosas sensibles no pueden llevar nuestro intelecto a ver lo que es la sustancia divina; y añade aquí Santo Tomás, que no es posible porque “son efectos inadecuados a la virtud de la causa”, esto quiere decir, que los efectos, es decir, las cosas sensibles, no son proporcionales a la causa, es decir a Dios. Un ejemplo para que lo entendamos, si alguien llama a la puerta, sabemos que hay alguien que esta fuera esperando a que le abramos, podemos conocer la existencia de una persona que llama a la puerta, pero a partir de eso no podemos deducir, quién es la persona que llama, cuál es su personalidad, lo que quiere, etc. Lo mismo pasa con los seres sensibles, es como Dios que llama a nuestra puerta, a través de cada elemento de la naturaleza para decirnos qué existe, pero la información que nos aportan los seres sensibles es insuficiente para saber qué es Dios, es decir, conocer su sustancia. Hay pues ciertos aspectos de la verdad divina que pueden ser captados por la razón humana, y otros que están totalmente fuera del alcance de sus fuerzas naturales.
  2. Santo Tomás nos explica que podemos llegar a esta misma conclusión, es decir, que existen verdades acerca de Dios que sobrepasan nuestra capacidad racional, considerando los diversos grados de inteligencia. Y pone los siguientes casos: primero compara la inteligencia de dos hombres, uno sabio, que conoce y ensiente las consideraciones más sutiles de la filosofía y otro que tiene una capacidad intelectual más reducida. El primero, el filósofo, podrá captar muchas cosas que el segundo es incapaz de entender porque sobrepasan su inteligencia. Luego pone un segundo caso, compara al hombre más inteligente con un ángel, y dice que es mayor la proporción entre la inteligencia de un hombre y un ángel, que la proporción entre el hombre más sabio y el hombre más ignorante. La inteligencia angélica está muy por encima de cualquier inteligencia humana, por ello el ángel puede conocer acerca de Dios de una forma más perfecta que el hombre, ya que la forma de conocer del ángel es mucho más perfecta que la humana que ha de partir de las cosas sensibles. Finalmente, pone el caso del ángel y Dios. Y nos explica Santo Tomás que el intelecto divino es muy superior al entendimiento angélico, en mucha mayor proporción que el angélico lo es al humano. Y se nos dice aquí: “el intelecto divino está adecuado a la capacidad de su sustancia”, es decir, sólo Dios puede comprender perfectamente lo que él mismo es, no hay ninguna inteligencia creada que sea capaz de comprender la totalidad de la sustancia divina, la única inteligencia capaz de comprender a Dios, es el mismo Dios. El ángel no puede comprender todo lo que es Dios, y el hombre no es capaz de comprender lo que es ángel es capaz de entender por la luz natural de su inteligencia. Y ahora llegamos a la siguiente conclusión, “Así como sería gran locura en un tonto que afirmara ser falso lo que enseña el filósofo porque él no puede captarlo, así, y mucho más, sería locura que un hombre negara lo que los ángeles pueden captar de Dios, por el hecho de que él no pueda investígalo con su razón”.
  3. Santo Tomas hasta aquí nos ha mostrado dos caminos por los que podemos ver que existen verdades acerca de Dios que exceden nuestra capacidad de comprensión. Y aún añade otro tercer argumento para mostrarnos esta misma verdad. Si nos damos cuenta que aún a la hora de conocer las cosas sensibles, las cosas que nuestro entendimiento es capaz de conocer, cometemos fallos, no somos capaces de llegar con pleno conocimiento a las propiedades de estas cosas. Mucho menos será suficiente nuestra inteligencia humana para investigar todo lo referente a aquella sustancia excelentísima de Dios.
  4. Por último, Santo Tomás nos muestra esta verdad por el testimonio de las sagradas Escrituras: Job 11,7: ¿Acaso comprenderás los vestigios de Dios, y conocerás perfectamente al omnipotente? Y 1 Corintios 13, 9: Conocemos sólo en parte.

La conclusión de todo lo dicho es bien evidente NO HEMOS DE JUZGAR FALSO CUANTO SE AFORMA DE DIOS POR EL HECHO DE QUE NO PUEDA INVESTIGARLO LA RAZÓN HUMANA.

Fue conveniente que se propusiese a los hombres, para ser creídas, la verdad divina que puede conocer la razón natural

Existen dos tipos de verdades divinas: unas que podemos comprender con la razón natural, otras que superan nuestra comprensión. Ambas verdades han sido propuestas convenientemente al hombre para ser creídas.

Aquí vamos a hablar de esas verdades que podemos alcanzar a conocer por nuestra misma inteligencia, algunos afirman que es inútil que se haya relevado al hombre estas verdades que él puede alcanzar a comprender con su inteligencia, que no era necesario que se revelaran estas verdades para ser creídas.

Santo Tomas, que ya esta empezando, como podéis ver con uno de los fines de esta obra, que es eliminar los errores acerca de la fe católica, explica que se equivocan los que dicen que las verdades acerca de Dios que la razón humana puede alcanzar por su inteligencia no debían ser reveladas por la fe, y para mostrar el fallo de los que dicen esto afirma que si se hubieran dejado estas verdades en las manos de los hombres se hubieran seguido tres problemas.

Primero: que pocos hombres la conocerían estas verdades. La mayoría de los hombres no puede dedicarse al estudio lo suficiente para poder llegar a conocer estas verdades, los hombres tienen un triple impedimento para acceder a estos estudios: unos no pueden hacerlo porque su misma disposición física no se lo permite, están naturalmente impedidos. Por lo cual no podrían llegar con esfuerza alguno al sumo grado de conocimiento, que consiste en conocer a Dios. Otros se ven impedidos por las necesidades de la vida familiar. Muchos hombres necesariamente han de dedicarse a la administración de las cosas temporales, y así no tienen oportunidad de dedicarse al ocio de la contemplación el tiempo suficiente. Otros, les impide la pereza. Pues es necesario conocer perfectamente muchas cosas acerca de Dios que la razón puede investigar, y que se puede aprender con el estudio de la Filosofía. La metafísica, que principalmente se centra en el estudio de Dios, es la más alta de las partes de la filosofía. Por tanto, sólo con gran esfuerzo puede llegarse  al conocimiento de estas verdades que la razón es capaz de comprender acerca de Dios, y pocos son los que están dispuestos a sufrir tal trabajo por amor a la ciencia, a pesar de que Dios concedió tal apetito natural a la mente del hombre.

Recordamos que estamos exponiendo las razones por las cuáles fue conveniente que por revelación divina se mostrara al hombre verdades acerca de Dios que él mismo podría alcanzar con la fuerza de su entendimiento. Hemos dicho que fue conveniente porque sino pocos hombres llegarían al conocimiento de estas verdades, y hemos expuesto tres razones por las cuales serían pocos los que llegarían a estas verdades. Ahora Santo Tomás nos dice que fue conveniente que se revelasen estas verdades porque los que pudieran dedicarse a este estudio llegarían a estas verdades después de muchos años de estudio intenso. Y tardarían tanto en llegar a estar verdades por varias razones: Primero por la profundidad de dicha verdad, que exige un largo ejercicio del intelecto humano para hacerse idóneo. Segundo, se requieren muchos conocimientos previos, como ya hemos dicho para llegar a estas verdades, esto alargaría mucho, por tanto el tiempo de estudio para conocer estas verdades. Tercero, durante el tiempo de la juventud la mente no está dispuesta para captar tan elevada verdad, porque anda fluctuando entre el movimiento de las diversas pasiones y el hombre sabio y prudente se forma en la quietud. Por tanto, si únicamente se dejase a la capacidad de la razón humana el camino para llegar al conocimiento de Dios, el género humano quedaría en su mayor parte en las tinieblas de la ignorancia; porque el conocimiento de Dios, que hace a los hombres buenos y perfectos, no llegaría sino a unos pocos hombres, y esto después de largo tiempo.

Y finalmente, Santo Tomás, explica un tercer inconveniente de no proponer a los hombres por revelación divina estas verdades que el hombre es capaz de conocer con la razón natural. La falsedad con frecuencia se mezcla con la verdad en la búsqueda de la razón humana, dada la debilidad de nuestro intelecto al juzgar, y la confusión de imágenes. Es decir, no solo serían pocos aquellos podrían llegar al conocimiento de estas verdades, no sólo deberían emplear muchísimo tiempo para investigarlas, sino que además, llegarían mezcladas con errores, con falsas conclusiones o falsas premisas.

Dicho todo esto Santo Tomás concluye diciendo que “fue providencial que la clemencia divina nos mandara aceptar por fe aun aquellas verdades que la razón humana puede investigar, para que así todos pudiesen participar del conocimiento divino sin ninguna duda ni error”, por esto mismo las escrituras nos dicen en Efesios 4, 17-18: “No caminéis como los gentiles en la falsedad de sus sentidos, con una inteligencia oscurecida por las tinieblas”, también en Isaías 54, 13 se nos dice: “El Señor hará doctos a todos sus hijos”

Convenientemente la fe propone al hombre para que las crea, aquellas verdades que éste no puede investigar por su razón.

En el punto anterior hemos hablado de las verdades que el hombre es capaz de comprender con las fuerzas de la razón natural, hemos visto que fue conveniente que por fe Dios nos exigiera creer en ellas, ahora Santo Tomás habla de las verdades acerca de Dios que exceden la capacidad del entendimiento humano. Dado que algunos afirman que no se deberían proponer al hombre para que las crea aquellas verdades que no puede suficientemente investigar su razón, debemos demostrar que es necesario al hombre que se le propongan para ser creídas aquellas verdades que exceden su capacidad.

Rebajas
El Santo: La revolución del padre Pío (Fuera de Colección)
  • José María Zavala
  • Editor: Ediciones Martínez Roca
  • Edición no. 1 (03/13/2018)
  • Tapa blanda: 432 páginas

Santo Tomás nos da los siguientes argumentos para entender esto:

Primero, NADIE TIENDE A UN OBJETO POR SU DESEO O INCLINACIÓN, A MENOS QUE PREVIAMENTE LO CONOZCA. Es fácil de entender esto que dice Santo Tomás si, por ejemplo, consideramos a un arquero. Un arquero debe lanzar una flecha con su arco hacia una diana, si no sabe hacía qué diana debe tirar no podrá tirar a la diana correcta. Es decir el arquero no puede lanzar la flecha a menos que conozca previamente la diana hacia donde tiene que lanzarla. En este caso es evidente, conocido el fin podemos dirigirnos a él. Si no conocemos el fin, no podemos dirigirnos a él. Sin embargo, el hombre tiende a un fin, a un bien que excede su capacidad. Por esto era necesario que se le presentara a su mente algo más elevado de que nuestra razón podía captar en la vida presente, para que así pudiera tender a un bien que excede nuestro presente estado.

Segundo razón por la que el hombre debe ser instruido por fe también en aquellas verdades que exceden su capacidad de comprensión, la segunda razón que nos da santo Tomás es esta: para que los hombres puedan conocer a Dios de manera cierta. PUES SOLO CONOCEREMOS VERDADERAMENTE A DIOS CUANDO ACEPTEMOS QUE SU SER SUPERA TODO CUANTO EL HOMBRE PUEDE PENSAR SOBRE ÉL, ya que la sustancia divina supera todo cuanto el hombre pueda conocer naturalmente. Por tanto, al proponer por la fe estas verdades que exceden nuestra capacidad de comprensión, el hombre puede confirmarse en la verdad de que DIOS ES ALGO SUPERIOR A CUANTO PUEDE PENSARSE.

Además, también es bueno proponer estas verdades, que nos confirman que Dios es algo superior a cuanto puede pensarse, para la disminución de la soberbia, que es madre del error. HAY ALGUNOS TAN SEGUROS DE SU PROPIA INTELIGENCIA QUE CREEN PODER ENTENDER TODA LA NATURALEZA DIVINA CON SU ENTENDIMIENTO. Y PIENSAN QUE ES VERDADERO TODO AQUELLO QUE A ELLOS LES PARECE, Y FALSO CUANTO NO LES PARECE. Por tanto para que el espíritu humano se librase de esta soberbia y pudiese buscar de forma modesta la verdad, fue necesario que Dios propusiese al hombre ciertas verdades que exceden totalmente la capacidad de su intelecto.

Finalmente, SANTO Tomás, citando a ARISTÓTELES, explica que un tal Simónides trataba de convencer a un hombre de que dejase a un lado el conocimiento de lo divino, diciendo que el hombre debía ocuparse de las cosas humanas y los mortales de las cosas mortales. Pero el filósofo, como llama Santo Tomas a Aristóteles, argumenta que esto no es cierto, que el hombre debe esforzarse cuanto puede por alcanzar las verdades inmortales y divinas, porque AUNQUE DE LAS SUSTANCIAS SUPERIORES PODAMOS ALCANZAR MENOR CONOCIMIENTO, SIN EMBARGO ES MÁS DIGNO DE AMAR Y DESEAS ESE PEQUEÑO CONOCIMIENTO, QUE CUANTO CONOCEMOS DE LAS SUSTANCIA INFERIORES.

De lo dicho, concluye el santo, que UN CONOCIMIENTO IMPERFECTO SOBRE LAS COSAS MÁS NOBLES CONFIERE AL ALMA UNA MÁXIMA PERFECCIÓN. Por eso, aun cuando la razón humana no pueda captar plenamente todo aquello que la supera, sin embargo mucho se perfecciona si por lo menos puede conocerlo de alguna manera por la fe. Por tal motivo dice el libro del Eclesiástico 3, 25: “Se te han manifestado muchas verdades que están sobre los sentidos del hombre”. Y dice el Apóstol en la I Corintios 2, 10-11: “Sólo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios, pero Dios nos las ha revelado por su espíritu”

No es ligereza asentir a las verdades de fe, aun cuando superen la capacidad de nuestra razón

QUIENES SE ADHIEREN, ES DECIR, AQUELLOS QUE ACEPTAN, A LA FE, AUNQUE LA RAZÓN HUMANA NO EXPERIMENTE SU OBJETO, NO LO HACEN POR LIGEREZA, COMO “SIGUIENDO CUENTOS DE INEXPERTOS” (II Pedro 1,16)

No acepta a la ligera quien se adhiera a estar verdades por varias razones:

Primero porque la sabiduría divina se ha dignado revelar a los hombres sus divinos secretos, ya que ella los conoce perfectamente; y manifestó su presencia y la verdad de la doctrina y de la inspiración con argumentos convincentes; y para confirmar aquello que supera el conocimiento natural, usó de muchas obras que sobrepasan la capacidad de toda la naturaleza. Es decir, para apoyar la veracidad de su Palabra, Dios la confirma con hechos milagrosos como por ejemplo con la curación de enfermos, con la resurrección de muertos, con la mutación de los cuerpos celestes. Y Santo Tomás añade un último hecho que Dios usó para manifestar la veracidad de esos punto de la fe que exceden la capacidad humana, la inspiración de las mentes humanas, de manera que aun los ignorantes y sencillos pudieran conseguir instantáneamente una suma sabiduría y elocuencia, por el don del Espíritu Santo.

Vemos que no obligados por la fuerza de las armas, ni movidos por las promesas de placeres y lo que es más admirable, en medio de las persecuciones de los tiranos, una innumerable multitud no sólo de gente sencilla, sino también de sabios, se entregó a la fe cristiana; a pesar de que en ella se predican verdades que están sobre todos los entendimiento humano, se coartan las pasiones carnales y se enseña a menospreciar los valores de este mundo. ES EL MAYOR DE TODO LOS MILAGROS Y UNA CLARA MANIFESTACIÓN DE LA ACCIÓN DIVINA QUE EL ESPÍRITU DEL HOMBRE ASIENTA A ESTAS VERADES, Y QUE, DESPRECIANDO LAS COSAS VISIBLES, SOLO DESEE LAS INVISIBLES. Y todo esto sucedió por disposición divina como vemos en las escrituras por ejemplo en la carta a los Hebreos 2,3: “Habiendo el señor promulgado la doctrina, nos la confirmaron quienes la oyeron, y Dios la atestiguó por señales y portentos y diversos dones del Espíritu Santo”

Esta conversión admirable del mundo a la fe cristiana es un indicio ciertísimo de los signos anteriores de los que habla San Pablo en la carta a los hebreos. Y aun no siendo necesario que se repitan estos signos, pues son evidentes en su efecto, y siendo el más admirable de todos los signos que el mundo se convirtiera a creer cosas tan duras, a actuar de manera tan difícil y a esperar cosas tan altas, por la predicación de hombres sencillos y vulgares, sin embargo DIOS NO CESA DE OBRAR MILAGROS POR SUS SANTOS, AUN AHORA, PARA CONFIRMACIÓN DE NUESTRA FE.

Santo Tomás ahora manifiesta como los que introdujeron errores de falsas sectas, siguieron el camino opuesto y pone el ejemplo de Mahoma que sedujo al pueblo, dice, con promesas de placeres carnales, a los que nos anima el mismo deseo carnal y la concupiscencia. Les dio, además, una ley conforme a dichas promesas, dando rienda suelta a las tendencias carnales, lo cual fácilmente obedecen los hombres carnales. En cuanto a la doctrina, Mahoma, no enseñó más verdad de la que cualquier sabio mediocre puede conocer con la luz natural; y además mezcló con las pocas verdades que enseñó, muchas mentiras y doctrinas erróneas. No les dio signos sobrenaturales, única manifestación que puede testificar una inspiración divina, ya que al dar muestras sensibles de obras que sólo pueden ser divinas, prueba el maestro de la verdad que está divinamente inspirado. Sino más bien Mahoma afirmó que había sido enviado, por las armas, que son signos que no faltan a ladrones y tiranos.

Por todas estas razones, afirma Santo Tomas que no le creyeron desde el principio hombres sabios expertos en las verdades divinas y humanas; sino sólo hombres bestiales, moradores de los desiertos, ignorantes por completo de toda doctrina sobre Dios, que le ayudaron con su multitud armada a forzar a otros con la violencia a sujetarse a su ley. Ningún oráculo de profetas anteriores lo apoya con su testimonio; más bien desfigura al Antiguo y Nuevo Testamento presentándolos como narraciones fabulosas, según puede observar quien lea su ley. Por ello astutamente prohibió a sus secuaces leer el Antiguo y el Nuevo Testamento, para que así no le arguyeran de falsedad mediante ellos. Por todo lo cual es evidente que quienes ponen su fe en los dichos de Mahoma, lo hacen por ligereza.

La verdad racional no es opuesta a la verdad de la fe cristiana

Que la verdad de la fe cristiana exceda la capacidad de la razón humana no significa que la fe se oponga a las verdades de la razón. Y esto lo muestra Santo Tomás de cuatro formas.

Primero dice, que tanto los primeros principios innatos de la razón natural como la fe que profesamos son verdaderos. Lo único que es contrario a la verdad es la falsedad, por tanto es imposible que los principios conocidos por la razón sean contrarios a los principios de la fe.

Segundo, el conocimiento de los principios naturales evidentes nos ha sido dado por Dios, ya que Él es el autor de la naturaleza. Por eso, estos principios estas imbuidos de la divina sabiduría. Lo que se opone a los principios naturales evidentes también se opone a la sabiduría divina de Dios. Y dado que los principios de la fe también son revelados por Dios, no puede haber contradicción entre el conocimiento natural y la fe revelación divina.

Tercero, nuestro conocimiento no puede llegar al conocimiento de la verdad cuando se encuentra perplejo entre razones contrarias. Y así, si Dios nos inspira conocimientos opuestos, impediría que nuestro conocimiento llegara a la verdad. Pero Dios no puede hacer eso.

Finalmente para mostrar que no puede existir oposición entre los principios de la razón humana y aquello que Dios nos revela por la fe, Santo Tomás dice, que no pueden darse simultáneamente opiniones contrarias sobre un mismo objeto en la misma persona. Es decir, si tenemos delante de nosotros un árbol, una misma persona a la vez, no puede afirmar que es un árbol y que es un perro. Dios no puede infundir al hombre una verdad de fe o natural contraria al conocimiento natural del hombre. Es decir, si la razón natural me dice que lo que tengo delante es un árbol, y ese conocimiento es correcto, la fe, no puede decirme que lo que tengo delante es un perro.

De todo lo dicho se deduce evidentemente que los argumentos que se dirijan contra la enseñanza de la fe no pueden proceder de los rectos principios innatos en nuestra naturaleza y evidentes por si mismos. Por lo mismo no tienen fuerza demostrativa, sino que serán razones probables o sofísticas. Esto es lo que nos da pie para deshacerlos.

Cómo se relacionan la razón humana y la fe

Dado que advertimos que las cosas sensibles, que son el principio del conocimiento humano, contienen vestigios de imitación divina, aunque tan imperfectos, que es imposible conocer la sustancia divina a través de ellos, recordemos que los efectos tienen alguna semejanza con sus causas, puesto que el agente produce algo semejante a si, y dado que la fe solo puede ser totalmente conocida por quienes contemplan directamente la sustancia divina, debemos saber que el entendimientos humano puede encontrar, para conocerla, algunas semejanzas, las cuales sin embargo no son suficientes para comprender dicha verdad divina de manera demostrativa, o bien para captarla en su inteligibilidad misma. Aun así es útil que la mente humana se ejercite en tales razones, aunque sean débiles, con tal de que no presuma llegar a comprenderlas o a demostrarlas; y es que puede darnos una gran alegría poder alcanzar algún destello de la verdad sobre las cosas más altas, aun cuando sea mediante una consideración pequeña y débil.

Del orden y método que seguiremos en esta obra

El sabio, por todo lo dicho, debemos concluir que debe dirigirse a descubrir, por una parte, los dos tipo de verdad divinas y, por otra parte, a descubrir los errores contrarios. Estos dos tipos de verdades son los que comentábamos antes, una que puede alcanzarse por la razón, y otra que la excede. Esto no quiere decir que en Dios mismo haya este doble tipo de verdad, puesto que la verdad acerca de Dios es única y verdadera, pero respecto a nosotros y a nuestro conocimiento, el hombre debe buscar esta verdad única por diversos caminos.

Para lograr el primer tipo de verdad hemos de proceder por razones demostrativas, por las cuales puede convencerse al adversario. Pero, puesto que en el segundo tipo no podemos usar tales razonamientos, nuestra intención en este caso no ha de ser convencer al adversario, sino resolver los argumentos que tuviere contra la verdad, ya que la razón natural no puede ser contraria a la fe, como se ha dicho antes.

Y el modo particular de convencer al adversario que sostiene un error, es por la autoridad de la Sagrada Escritura confirmada por los milagros; porque no podemos creer en lo que supera la razón humana, a no ser por revelación divina. Existen para manifestar dicha verdad divina algunas razones verosímiles que pueden aducirse para ejercicio y alegría de los fieles, aun cuando no sirvan para convencer al adversario; porque la misma insuficiencia de la razón más bien los confirmaría en su error, al estimar que nosotros damos a la fe nuestro asentimiento llevados por tan débiles razones.

Santo Tomás en esta obra que estamos explicando procederá manifestando primero aquella verdad que la fe profesa y la razón investiga; y para ello aducirá razones, unas demostrativas, otras probables, sacando algunas de los filósofos y los santos, por las cuales podemos exponer la verdad y convencer al adversario.

A continuación, para proceder de lo más a lo menos manifiesto, tratará de manifestar la verdad que supera la razón, resolviendo los argumentos de los contrario, y declarando la verdad de la fe por razones probables fundadas en la autoridad, según Dios nos las ha revelado.

Tratando, pues, de investigar por medio de la razón cuanto la razón huamana nos puede llegar a descubrir acerca de Dios, iremos paso a paso de la manera siguiente:

Primero consideraremos aquellas cosas que convienen a Dios en si mismo, esto es el libro primero de la obra.

En seguida, sobre las criaturas, en cuanto proceden del mismo Dios, esto es el libro segundo de la obra.

Y finalmente sobre la orientación de las criaturas a Dios como a su fin, esto aparece en el libro tercero y cuarto de esta obra.

 

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