• 09/08/2022

Evangelio del día 9 de noviembre 2021

Evangelio del día

Cita del evangelio del día: Jn 2,13-22

Cuando se acercaba la Pascua de los judíos, Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado». Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.

Los judíos entonces le replicaron diciéndole: «Qué señal nos muestras para obrar así?». Jesús les respondió: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero Él hablaba del Santuario de su cuerpo. Cuando resucitó, pues, de entre los muertos, se acordaron sus discípulos de que había dicho eso, y creyeron en la Escritura y en las palabras que había dicho Jesús.

Comentario del evangelio del día por San Agustín:

14. «Y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos.»Se concedió a aquel pueblo el ofrecimiento de estos sacrificios por ser muy carnal, con el fin de que no se dedicase al culto de los ídolos; por esto sacrificaban bueyes, ovejas y palomas.

15a. Y Aquél que sería más adelante azotado por los judíos, los azotó antes. Por esto sigue: «Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes…».

Se sabe que esto no lo hizo el Señor una sola vez, sino en repetidas ocasiones. Pero San Juan sólo refiere este hecho concreto, y los otros tres evangelistas hablan de su repetición.

16. «Y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado».» Aquel templo no era otra cosa más que una figura, y el Señor arrojó a todos los que venían allí a traficar. ¿Y qué es lo que allí vendían? Lo que los hombres necesitaban para los sacrificios de aquellos tiempos. ¿Qué hubiera dicho si allí hubiera encontrado borrachos? Si no debe hacerse negociación ninguna en la casa del Señor, ¿deberá hacerse casa de bebidas?.

17. «Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará.» Es comido también por el celo de la casa de Dios aquél que se esfuerza por enmendar todo lo malo que en ella encuentra, y si no puede enmendarlo, lo tolera, pero se aflige. Por lo tanto, si te esfuerzas porque en tu casa nada malo se haga, en la casa de Dios, donde se encuentra la salvación, ¿deberás tolerar, en lo que de ti dependa, si algo malo encuentras? Si es un amigo, se le advierte con prudencia; si es tu mujer, repréndela con severidad; haz todo lo que puedas y según sea la persona que tengas a tu cargo.

Los que venden en la Iglesia son los que buscan lo que les agrada y no lo que le agrada a Jesucristo, haciéndolo todo vendible, porque quieren ser pagados. Simón Mago quiso comprar la gracia del Espíritu Santo, porque se proponía venderla. Era de aquellos que vendían palomas, porque el Espíritu Santo apareció en forma de paloma; pero la paloma no se vende, se da gratis, porque se llama gracia.

Se entienden por bueyes los apóstoles y los profetas que nos prepararon las Sagradas Escrituras. Y aquellos que engañan a los pueblos, de quienes esperan recibir honores con estas mismas Escrituras, venden los bueyes y venden las ovejas, esto es, a los mismos pueblos. ¿Y a quién los venden sino al diablo? Todo lo que se separa de la única Iglesia, ¿quién lo recibe sino el león rugiente que por todas partes ronda, buscando a quien devorar, según dice San Pedro? (1Pe 5,8).

El Señor nos dio a conocer todo esto cuando hizo aquel látigo de retazos de cordel y azotó a todos los que negociaban en el templo. Además, cada uno añade a sus pecados, una nueva malicia cuando comete esta clase de faltas, mas cuando los hombres sufren algo por sus pecados, reconozcan que el Señor hace como un azote de varios cordeles, y aun les advierte que muden de vida, porque si no, en el final oirán aquellas palabras: «Atadle de pies y manos» (Mt 22,13).

19. «Jesús les respondió: «Destruid este Santuario y en tres días lo levantaré.»» Lo resucitó su Padre en realidad, a quien se dice en los salmos: «Levántame y volveré a ellos» (Sal 40,11). Pero ¿qué hizo el Padre sin el Verbo? Por lo tanto, lo mismo que el Padre resucita al Hijo, Este resucita también, porque el Hijo había dicho: «Yo y el Padre somos uno solo» (Jn 10,30)

20. «Los judíos le contestaron: «Cuarenta y seis años se han tardado en construir este Santuario, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»» Podemos decir que este número [6] responde a la perfección total del cuerpo del Señor. Cuarenta y seis veces seis hacen doscientos setenta y seis, que computándolo en días, forma nueve meses y seis días. Y la perfección del cuerpo de Cristo, con arreglo a las tradiciones que la Iglesia ha recibido de los antepasados, comprende precisamente esos mismos días, pues se cree que fue concebido y padeció el día octavo antes de las calendas de abril, esto es, el 25 de marzo, y que nació en el octavo antes de las calendas de enero, que corresponde al 25 de diciembre; de una a otra fecha se computan doscientos setenta y seis días, que abrazan cuarenta y seis veces el número seis.

Se dice también que la concepción humana procede y se perfecciona en esta manera. En los seis primeros días tiene un aspecto de materia láctea; conviértese en los nueve días siguientes en sangre; de aquí a doce días adquiere solidez; siguen otros dieciocho días, en los cuales se forma, hasta que los miembros adquieren la perfección de sus lineamientos, y en el tiempo restante hasta el parto va aumentando de volumen. Ahora bien, seis y nueve y doce y dieciocho, hacen una suma de cuarenta y cinco, a los cuales si se añade una unidad, tendremos los cuarenta y seis. Multiplicando esta cantidad por el número seis, que es la norma de esta ordenación, tendremos doscientos setenta y seis, esto es, nueve meses y seis días. No se dice, pues, sin razón, que se había construido en cuarenta y seis años el templo, que aquí significa el cuerpo de Cristo, porque el mismo número de años que se emplearon en el templo, tantos días se necesitaron para la organización del cuerpo de Jesús (lib. 83 Quaet, qu. 36).

Aunque el Señor tomó su cuerpo de la descendencia de Adán, no tomó su pecado; de él tomó el templo de su cuerpo, pero no la maldad, que había de arrojar de ese templo. Si se combinan cuatro nombres griegos: anatole, que quiere decir Oriente, dysis, que quiere decir Occidente, arctos, que quiere decir Norte, mesembria, que quiere decir Sur, tenemos las letras que forman el nombre de Adán. Se dice que el Señor habrá de reunir a sus escogidos de los cuatro vientos de la tierra cuando venga el día del juicio. Las letras del nombre de Adán tienen este número, según los griegos, y allí se ve que el templo ha sido edificado en cuarenta y seis años. Tiene Adán, a que es uno y d que es cuatro, a que es uno y m que es cuarenta. Y así tenemos los cuarenta y seis. Los judíos, como eran carnales, todo lo interpretaban en sentido material, y Jesús habla en sentido espiritual; mas nos dio a conocer de qué templo hablaba por medio del Evangelista.