• 18/05/2022

Evangelio del día 6 de Mayo 2022

Cita del evangelio del día: Jn 6,52-59

En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Comentario del evangelio del día por: San Francisco de Sales

A lo largo de la peregrinación de esta vida, nuestro Señor nos conduce de dos maneras; o bien nos lleva de la mano, haciéndonos caminar con Él, o nos lleva en sus brazos. Quiero decir que nos toma de la mano y nos hace caminar ejercitando las virtudes, pues si no nos sostuviera no estaría en nuestro poder el andar por esta senda de bendición.

¿No vemos con frecuencia que los que han soltado esa mano paternal no dan un solo paso sin tropezar, cayendo de bruces? Su Bondad quiere conducirnos, pero también quiere que vayamos nosotros dando pasitos, haciendo lo que de nuestra parte podamos.

Y lo mismo la santa Iglesia, tierna y solícita del bien de sus hijos, nos enseña a decir todos los días una oración en la que se pide a Dios que tenga a bien acompañarnos en nuestro peregrinar.

Primero, nuestro Señor nos lleva de la mano y hace, junto con nosotros, obras para las cuales pide nuestra cooperación; luego, Él nos lleva y hace otras obras como más elaboradas, quiero decir, obras en las que parece que nosotros no hacemos nada. Esos son los sacramentos.

Porque, decidme, ¿qué nos cuesta recibir el santísimo Sacramento, que contiene toda la suavidad del cielo y de la tierra? ¿No es eso llevarnos en brazos y permitirnos unirnos a ÉL?

¡Qué felices son las almas que hacen así su viaje sin dejar los brazos de la divina Majestad, sino para hacer ellas, por su parte, todo lo que pueden en el ejercicio de las virtudes y de las buenas obras, pero conservando siempre su mano entre las de nuestro Señor! (Sermón de 21-11-1617. )