• 20/01/2022

Evangelio del día 23 de octubre 2021

Texto del Evangelio (Lc 13,1-9):

En aquel tiempo, llegaron algunos que le contaron lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de sus sacrificios. Les respondió Jesús: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos, porque han padecido estas cosas? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo. O aquellos dieciocho sobre los que se desplomó la torre de Siloé matándolos, ¿pensáis que eran más culpables que los demás hombres que habitaban en Jerusalén? No, os lo aseguro; y si no os convertís, todos pereceréis del mismo modo».

Les dijo esta parábola: «Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: ‘Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro; córtala; ¿para qué va a cansar la tierra?’. Pero él le respondió: ‘Señor, déjala por este año todavía y mientras tanto cavaré a su alrededor y echaré abono, por si da fruto en adelante; y si no da, la cortas’».

Comentario del evangelio del día por San Juan Pablo II, papa:

3. He hablado de fructificación y me ayuda también en esto el Evangelio, cuando propone —es una lectura que hemos encontrado recientemente en la sagrada liturgia— la comparación de la higuera estéril, que está en peligro de ser arrancada (cf. Lc 13, 6-9). El hombre debe fructificar en el tiempo, es decir, durante la vida terrena, y no solamente para sí, sino también para los demás, para la sociedad de la que forma parte integrante. Sin embargo, esta su actuación en el tiempo, precisamente porque él está «contenido» en el tiempo, no debe hacerle olvidar, ni pasar por alto, la otra dimensión esencial suya, la de un ser que está orientado hacia la eternidad; el hombre, por tanto debe fructificar simultáneamente tambiénpara la eternidad.

Y si quitamos al hombre esta perspectiva, quedará una higuera estéril.

Por una parte, debe «llenar de sí mismo» el tiempo de manera creativa, porque la dimensión ultraterrena no le dispensa ciertamente del deber de obrar con responsabilidad y originalmente, participando con eficacia y en colaboración con todos los demás hombres, a la edificación de la sociedad, según las concretas exigencias del momento histórico en que le toca vivir. Es éste el sentido cristiano de la «historicidad» del hombre. Por otra parte, este compromiso de fe sumerge al joven en una contemporaneidad que lleva en sí misma, en cierto sentido, una visión contraria al cristianismo. Esta anti-visión presenta estas características que recuerdo aunque sea sumariamente. Al hombre de hoy le falta frecuentemente el sentido de lo trascendente, de las realidades sobrenaturales, de algo que lo supera. El hombre no puede vivir sin algo que vaya más allá, que lo supere. El hombre se realiza si es consciente de esto, si se supera siempre a sí mismo, si se trasciende a sí mismo. Esta transcendencia está inscrita profundamente en la constitución humana de la persona. He aquí que, en la anti-visión, como he dicho, contemporánea, el significado de la existencia del hombre queda así «determinado» en el ámbito de una concepción materialista sobre los diversos problemas, como por ejemplo los de la justicia, del trabajo, etc. De ahí surgen esos contrastes multiformes entre las categorías sociales y entre las entidades nacionales, donde se manifiestan los diversos egoísmos colectivos. Es necesario, sin embargo, superar tal concepción cerrada y, en el fondo, alienante, contraponiendo a ella ese horizonte más amplio, que ya la recta razón y, más todavía, la fe cristiana, nos hacen entrever. Así, en efecto, los problemas encuentran una solución más completa; así, la justicia asume su plenitud y se realiza en todos sus aspectos; así las relaciones humanas, excluida toda forma de egoísmo, llegan a corresponder a la dignidad del hombre, como persona sobre la cual resplandece el rostro de Dios.

4. De todo ello se deduce la importancia de esa decisión, que vosotros, jóvenes, debéis tomar. Tomadla con Cristo, siguiéndole generosamente y aceptando sus enseñanzas, conscientes del eterno amor que en él ha encontrado su expresión suprema y su definitivo testimonio. Al deciros esto, no puedo ciertamente ignorar los obstáculos y peligros, por desgracia no pequeños ni infrecuentes, que se os presentan en los diversos ambientes del actual contexto social. Pero no debéis dejaros desviar; no debéis jamás ceder a la tentación, sutil y por lo mismo más insidiosa, de pensar que una decisión así pueda perjudicar a la formación de vuestra personalidad. No dudo en afirmar que tal opinión es totalmente falsa; creer que la vida humana, en el proceso de su crecimiento y de su maduración, pueda ser «disminuida» por el influjo de la fe en Cristo, es una idea que debe rechazarse. Es cierto exactamente lo contrario: así como la civilización resultaría empobrecida e incompleta sin la presencia del factor religioso, del factor cristiano, de igual modo la vida de cada hombre, y especialmente del joven, quedaría incompleta y vacía sin una fuerte experiencia de fe, alcanzada por un contacto directo con Cristo crucificado y resucitado. El cristianismo, la fe, creedme, jóvenes, confiere plenitud y culminación a vuestra personalidad; centrado como está en la figura de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre y, como tal, redentor del hombre, os lleva a la consideración, a la comprensión, al gusto de todo cuanto hay de grande, de hermoso y de noble en el mundo y en el hombre. La adhesión a Cristo no obstaculiza, sino que dilata y exalta los «impulsos» que la sabiduría de Dios Creador ha puesto en vuestras almas. La adhesión a Cristo no debilita, sino que refuerza el sentido del deber moral, proporcionándoos el deseo y la satisfacción de comprometeros en «algo que realmente merece la pena», dándoos, repito, el deseo y la satisfacción de comprometeros así, y previniendo el espíritu contra las tendencias, que hoy surgen con cierta frecuencia en el ánimo juvenil, a «dejarse llevar» o en dirección de una irresponsable o indolente abdicación, o por el camino de la violencia ciega y homicida. Sobre todo —recordadlo siempre—, la adhesión a Cristo será fuente de una alegría auténtica, de una alegría íntima. Os repito, la adhesión a Cristo es fuente de una alegría que el mundo no puede dar y que —como El mismo anunció a sus discípulos— ninguno podrá jamás quitaros (cf. Jn 16; 22), incluso estando en el mundo.