Evangelio del día 23 de Julio 2020

Evangelio del día 23 de Julio 2020

Cita del evangelio del día: Mt 13,10-17

En aquel tiempo, acercándose los discípulos dijeron a Jesús: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les respondió: «Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane’.

»¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

 

Comentario del evangelio del día por San Agustin:

El profeta dice en un salmo: “Me consumo ansiando tu salvación y espero en tu palabra” (118,81)… ¿Quién expresa este deseo ardiente si no «la raza escogida, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo escogido por Dios» (1Pe 2,9), cada uno en su época, en todos los que vivieron, que viven y que vivirán, desde el origen del género humano hasta el fin de este mundo?… Por eso el Señor mismo les dijo a sus discípulos: «Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis». Es pues su voz, la que hay que reconocer en este salmo… Este deseo jamás cesó en los santos y continúa ahora, en «el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia» (Col. 1,18), hasta que venga «El Deseado de las naciones» (Ag 2,8 tipos de Vulg)…

En los primeros tiempos de la Iglesia, antes de la encarnación en la Virgen, existían santos que deseaban la llegada de Cristo en la carne; y desde entonces hasta su Ascensión existían otros santos que desean la manifestación de Cristo para juzgar a vivos y muertos. Desde el comienzo hasta el final de los tiempos, este deseo de la Iglesia jamás perdió su ardor, incluso tampoco mientras el Señor vivió sobre tierra en compañía de sus discípulos.

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