• 07/12/2021

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Testamento de Amor

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Testamento de Amor

Por: GDH Taide Leticia Martínez Montiel

El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».

De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía».

1Co, 23-25

Sé que nuestro tiempo litúrgico es el Ordinario; no estamos en Jueves Santo, día en que se recuerda la Institución de la Eucaristía y el Sacerdocio; el motivo por el que hoy reflexiono estos versículos es porque el amor de Dios sigue vigente día a día, hora a hora y minuto a minuto, renovándose en la Sagrada Eucaristía, en cada Misa, tal cual lo pidió Jesús a los Apóstoles en aquel día de la última cena, el día en que dejó este testamento de amor.

Aunque muy especialmente recordamos la grandeza del misterio de su presencia real en la Eucaristía: el jueves Santo, el día de Corpus Christi, los jueves eucarísticos, los primeros viernes del mes; y no solo recordamos a Jesús, sino que ¡le adoramos!, pero bien y con justa razón habríamos de recordarle, amarle y adorarle cada día que lo recibimos en la comunión, cada día en el sagrario. Bien nos lo decía San Juan Pablo II, en su Carta Dominicae Cenae: “La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las graves faltas y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (n. 3).

Nuestro Señor en este Sacramento nos ha dejado en herencia: las grandezas insondables de su amor, su cuerpo y su sangre y la vida eterna, pues Él nos dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (Jn 6, 24).

Recordando las palabras de San Juan “Crisóstomo” –cuyo sobrenombre quiere decir “boca de oro” pues fue un gran predicador, Obispo y ahora Doctor de la Iglesia– a quien el 13 de septiembre le recordamos, ya que goza de memoria obligatoria en la Santa Misa, él en una de sus catequesis nos explicaba la comparación de la inmolación Judía con la inmolación de Nuestro Señor Jesús y la Sangre que ofreció por nosotros, con las siguientes palabras: “Inmolad –dice Moisés un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa.«¿Qué dices Moisés? La sangre de un cordero irracional, ¿puede salvar a los hombres dotados de razón?»«Sin duda responde Moisés: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor.» Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.” (Catequesis 3).

Aquello que para muchos fue una locura: comer el cuerpo del Señor, motivo por el que muchos le dejaron por no comprenderlo (cfr. Jn 6, 54-66), ahora es motivo de nuestra salvación, todo aquel que recibe la Sagrada Eucaristía, es porque se encuentra en la gracia de Dios −no tiene pecados mortales que le impidan dicha recepción−, por lo que puede ser partícipe de la Sagrada Comunión, del Cuerpo y la Sangre del Señor, San Juan Crisóstomo continúa diciéndonos en la misma catequesis: “Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre, y con su leche a aquel a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con su sangre a aquellos a quienes Él mismo ha hecho renacer.”

Por lo tanto, la Eucaristía, presencia real de Cristo, es el testamento de amor que ha dejado Dios, para nosotros, y que nos acompañará siempre día a día, hasta el fin del mundo, por lo que, como decía San Pablo a los de Éfeso (3, 14ss): “Doblo mis rodillas ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo… para que podáis comprender con todos los santos, cual sea la anchura y la largura, la sublimidad y la hondura de la caridad de Cristo.”