Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Salve Corazón de mi Jesús

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Oración:

Aspiraciones

Al Sagrado Corazón De Jesús

Salve, Corazón de mi Jesús: sálvame.

Salve, Corazón de mi Criador: perfeccióname.

Salve, Corazón de mi Salvador: rescátame.

Salve, Corazón de mi Juez: perdóname.

Salve, Corazón de mi Padre: gobiérname.

Salve, Corazón de mi Esposo: ámame.

Salve, Corazón de mi Maestro: enséñame.

Salve, Corazón de mi Rey: coróname.

Salve, Corazón de mi Bienhechor: enriquéceme.

Salve, Corazón de mi Pastor: guárdame.

Salve, Corazón de mi Hermano: quédate conmigo.

Salve, Corazón de incomparable bondad: perdóname.

Salve, Corazón todo amable: abrásame.

¡Oh, Jesús mío y mi soberano bien! Yo te amo, no por el galardón prometido a los que te aman, sino puramente por amor de Ti. Yo te amo sobre cuanto hay de amable, sobre todos los deleites, y en fin, sobre mí mismo y todo lo que hay fuera de Ti, protestando a vista del cielo y de la tierra que quiero vivir y morir en tu puro amor, y que, aunque para vivir amándote de esta suerte tenga que ser perseguido, atormentado y arrastrar la misma muerte, vengo muy bien en ello y diré siempre con San Pablo: no hay criatura alguna que pueda apartarme de la caridad del Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, a quien amo y quiero amar eternamente. Amén.

Esta oración es muy bonita, es una compilación de “aspiraciones” juntamente a una oración final hecha por Santa Margarita María Alacoque, y hay una gran riqueza en cada una de las aspiraciones, ya que en ellas pedimos el auxilio, la instrucción, el amor, el perdón de Dios -por mencionar algunas-, viéndolo a Él como nuestro todo, como de quien recibimos toda clase de bienes; y así podríamos ir saboreando esta oración e ir profundizando en toda ella, pero hay una parte muy especial para mí, que es la del final, tomada de San Pablo: “no hay criatura alguna que pueda apartarme de la caridad del Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, a quien amo y quiero amar eternamente. Amén”. San Pablo estaba totalmente entregado al Señor, dejó todo, se puede decir que hasta a él mismo, vivió ese encuentro de amor tan intensamente que se abandonó por completo al amor Divino de Nuestro Salvador.

Pero ese amor que tuvo al Señor Jesús no impidió que San Pablo amara a las personas que conocía en cada nueva comunidad cristiana que conocía e instruía en la fe, no, al contrario, amó más tiernamente, amó como un padre, e instruyó con especial esmero y cuidado a cada comunidad, según lo necesitara cada una; se puede notar en sus cartas enviadas a la comunidad de Corinto: “Los alimenté con leche y no con alimento sólido, porque aún no podían tolerarlo” (1 Co 3, 2); o las filipenses: “Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que tenga estos sentimientos hacia todos ustedes, porque los llevo en mi corazón” (1, 6-7); San Pablo iba cuidándolos como a un hijo, poniendo atención más a la obra maravillosa que Dios hacía en cada uno de ellos, que en el empeño que San Pablo pudiera tener en su cuidado; y ahí está la clave: sus ojos y su corazón puestos en el amor de Dios que les amaba a cada uno de ellos, amor del que él mismo se alimentaba, amor del que parte hacia los demás.

Claramente podemos ver la imitación del Corazón de Jesús, que hacía San Pablo; así era Jesús, amando al Padre, en todo momento, confiando y llevando su plan de Salvación por todos nosotros, y aunque su Corazón le pertenecía completamente a Dios Padre, eso no le impedía amar a los demás, al contrario, amaba tiernamente, recordemos a sus amigos entrañables: Lázaro, María y Martha, a sus discípulos San Juan el discípulo amado; y no solo eso, permitía que los demás mostraran hacía él su afecto, sin nunca mostrarse renuente a las muestras de cariño, por más inusuales que pudieran ser, como María: que tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos (Jn, 3), Jesús ama castamente, pues él mismo es la castidad perfecta, la inocencia misma, tiene un amor limpio, puro.

Jesús ama a Dios Padre con un corazón indiviso; ama a los demás, sí, pero ese amor no desplaza para nada el que le tiene al Padre, porque es un amor cimentado en la verdadera fuente del amor que es Él mismo; y no hay criatura alguna que pueda apartarlo del amor del Padre, por más que nos ame; recordemos que el mismo San Pedro intentó sacarlo del Plan de Dios, cuando Jesús les habló de todo lo que tenía que sufrir, Pedro lo llevó aparte y le dice: “eso no te puede pasar a ti”; a lo que con palabras fuertes y firmes Jesús le responde: “¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Tú eres para mí un obstáculo, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”, eso lo hizo porque primero está el amor al Padre, primero están los planes de Dios, Dios no se equivoca, así que había que seguir su plan en total confianza y con todo el amor de su Corazón Sacratísimo.

Esa es justamente la resolución que todos hemos de tomar, pedir la gracia de poder tener ese corazón indiviso, completo para Dios, que nada quita al amor de los hermanos, padres, familia, amigos, es cierto que quienes deciden consagrar su vida completamente el Señor, como sacerdotes, religiosos, monjes, lo viven más completamente (como Santa Margarita María, que hizo esta oración), es como un grado más alto de vivir ese amor sin división en el corazón, puesto que se deben por completo en cuerpo y alma a dedicarse a él, pero aun así, entregados completamente a Dios, pueden sentir amor a los demás, ¿qué caso tendría vivir del amor de Dios si no es para llevarlo a los demás?; lo llevan a su comunidad, a los enfermos, a sus feligreses, etc.; el punto está en que es un amor diferente, es un amor casto, y cada uno, desde nuestro propio estado, también lo podemos vivir; el amor a cualquier criatura jamás debe estar por encima del amor que le tenemos a Dios, puesto que él debe ser siempre nuestro centro, nuestro eje, y de ese amor partir a los demás, ahí se vive la plenitud del amor; y hemos de hacer como el mismo Jesús cuando traten de sacarnos del camino que nos lleva a Dios: “Apártate de mí Satanás”, porque primero está Dios, que me ama tanto que él mismo me formó, me creó, me salvó 😊; nada suple o es mejor que el amor de Dios y el camino que nos vino a enseñar, por más atractivo que te lo quieran poner.

Y es que Dios mismo nos manda amar a los demás: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros” (Jn 13, 34), es el mandamiento del amor. Tengo el recuerdo de Santa Juana Francisca Fremyot de Chantal y San Francisco de Sales; al morir la hermana de San Francisco de Sales que tenía Santa Juana al cuidado, ella lloraba por la niña y no se consolaba y San Francisco le dice que le gustaba el vigor de su amor “porque de qué sirven los corazones medio muertos”; pero también le hace ver que hay que aceptar la voluntad de Dios.

Si bien sabemos que el amor de Dios nosotros de hecho ya lo tenemos, porque eso es infalible, ahora falta que nosotros lo pongamos a él en el centro de nuestro corazón; porque, cuando hemos conocido el amor de Dios y nos rendimos completamente a él, entonces podemos decir con San Pablo: no hay criatura alguna que pueda apartarnos de la caridad del Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, a quién amo y quiero amar eternamente. Amén.

Por: Taide Leticia Martínez Montiel, GDH

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