Blog del sagrado Corazón de Jesús: Reparación

Blog del sagrado Corazón de Jesús: Reparación

Blog del sagrado Corazón de Jesús: Reparación

Una de las prácticas fundamentales de la guardia de Honor del Sagrado Corazón de Jesús es la reparación. Esta palabra es la que meditaremos en esta ocasión. Es cierto que esta breve consideración no agota el término y su significación. Solo intentaremos comprenderla, desde la experiencia de fe, a efectos de realizar más conscientemente nuestra tarea respecto a la espiritualidad del Sagrado Corazón de Jesús.

Se repara lo que está averiado, aquello que ha perdido su forma original, aquello que se ha roto, dañado, ofendido. Reparamos, por ejemplo una mesa que se ha deteriorado; reparamos un jarrón que se ha roto; reparamos un cuadro, una obra de arte que se ha maltratado. Esto tratándose de cosas materiales.

Reparamos el cuerpo, cuando está dañado; lo reparamos mediante los procesos pertinentes, acudimos al médico, surtimos la receta, tomamos los medicamentos y nos cuidamos unos días o una cuarentena. El médico, por ejemplo, cura nuestras heridas, nos hace cirugías o tratamientos dolorosos, que son necesarios para recuperar la salud.

También reparamos los daños morales, es decir, aquellos que no tienen siempre que ver con aspectos materiales. Por ejemplo, cuando ofendemos, insultamos, decepcionamos; cuando herimos a alguien con nuestras palabras o acciones; cuando no hemos hecho lo que se esperaba de nosotros ante tal situación o acción.

Pero seamos realistas, nadie puede reparar completamente nada. De todas estas cosas que hemos señalado nada se puede volver a su forma o estado original. Por muy eficientes que seamos, por mucho que seamos verdaderamente hábiles o expertos, las cosas no vuelven a su estado original. Nadie puede hacer eso; humanamente es imposible.

Reparar, entonces, en el lenguaje cotidiano solamente devuelve en parte algo a lo que se ha dañado. Pensemos, por ejemplo en aquella mesa averiada a la cual digamos que le falta una pata; compramos algo de madera, algo de pegamento, algunos clavos; usamos algunas herramientas, un serrucho, un martillo, un poco de pintura y devolvemos a la mesa su condición de utilidad, es decir, le devolvemos aquello que perdió para volver a hacerla útil.

Esto mismo podemos decir de cualquier cosa que reparamos. Un auto, un pantalón. Si pensamos, por ejemplo, en el cuerpo dañado, accidentado o enfermo, ocurre exactamente lo mismo. Lo volvemos a hacer funcional. Pero nunca queda igual que antes. Una cosa es ser funcional, y otra ser incorruptible, ajeno al deterioro. De hecho el ser humano es totalmente irreparable. Desde el pecado de Adán hasta nosotros, seguimos cargando con las secuelas del pecado. El hecho de enfermarnos es un signo del pecado mismo heredado y practicado. El ser frágiles es un signo de que nada es jamás igual. La muerte, que es también herencia del pecado es el signo mayor de que el hombre es irreparable. Solo Jesucristo puede devolver al hombre su condición original. Cristo es reparador, más que eso, él es restaurador del hombre.

Sigamos meditando. Una cirugía deja cicatrices. Si alguien recibe un órgano en donación o se le retira algún órgano o algún miembro, será funcional, estará reparado, pero incompleto, remendado. Reparar es remendar, esto es, lo que se ha reparado vuelve a ser útil. Pero no es lo mismo que antes.

Pensemos, por ejemplo ahora, en el daño hecho a alguien de cualquier manera; una ofensa, por ejemplo; por más que nos disculpemos, por más que lo intentemos, la persona que ha recibido algún daño nuestro permanece irreparable. No hay jamás reparación suficiente. ¿Puede una disculpa hacer desaparecer la ofensa sufrida? ¿Puede alguno hacer que la persona ofendida sea la misma de antes? No. Algo ha pasado en su interior, en su corazón. Su alma ha sufrido. Nos disculpamos. ¿Desaparece por ello el sufrimiento que le dimos?

¿Podemos, en realidad reparar algo? ¿Podemos devolver a algo la originalidad, la belleza, la utilidad, la alegría? Nadie puede, estrictamente hablando, reparar. O bien, todos podemos, si queremos, reparar, lo mismo cosas, que la salud, el cuerpo (aunque no siempre), o bien reparar los daños hechos a alguien; pero solo en parte. Lo que en realidad hacemos son actos de justicia. Veamos.

Reparar significa, según la Real Academia de la Lengua Española, arreglar algo que está roto o estropeado, como hemos dicho; pero también significa enmendar, corregir o remediar; que son términos que también hemos considerado. Reparar significa, además, desagraviar, satisfacer al ofendido, que también hemos considerado aquí. Todas estas acepciones se refieren al aspecto de justicia. Es justo devolver algo en compensación al daño hecho, es justo ofrecer una disculpa, una satisfacción a quien hemos ofendido; es justo devolver la capacidad de ser útil a algo que está estropeado. Es justo. En términos estrictos, hablando de la justicia humana, en general, ocurre lo mismo. Al infractor se le sanciona, al criminal se le dicta sentencia de cárcel, de servicio a la comunidad, de multa pecuniaria, de restricciones, etc.; pero todo esto no devuelve al inocente que ha sufrido un acto criminal su condición anterior al acto malvado de que ha sido víctima. Es justo ofrecer una disculpa, por ejemplo, pero ésta va más en función del que la ofrece que del que la acepta, es decir, ofrecer una disculpa significaría hacerme menos culpable, quitarme la culpa; pero eso no significa que la persona a quien se la ofrezco, aun aceptándola, vuelva a ser la misma consigo y hacia mí. Lo que se ha roto, por más que se intente reparar, quedará por lo menos parcialmente dañado.

Si bien nadie puede reparar completamente algo o a alguien, eso no significa que estamos excusados de intentar algo con respecto a lo que se ha dañado. Somos responsables del daño ocasionado. Hablando de justicia, en términos meramente humanos, es necesario reparar, de acuerdo a nuestras posibilidades. Nadie esta dispensado de reparar los daños hechos.

Pues bien, en efecto, todas estas cosas son reparar. Reparación, en el sentido espiritual, deberá ser algo parecido. Debemos tratar de devolver a lo dañado algo en compensación. No podemos dejar las cosas dañadas por el hecho de saber que jamás podremos repararlas totalmente. Es justicia. Si no reparamos no somos justos. Y estamos llamados a serlo.

Con respecto al ejercicio y culto de reparación al sagrado corazón de Jesús ocurre algo parecido. ¿Podemos, en efecto, repararlo? ¿Podemos devolver a Jesús, a su corazón herido por nuestros pecados y los pecados de todos los hombres, su condición original? Si el soldado es quien traspasó su costado con la lanzada ¿por qué debemos nosotros repararlo? Si, por ejemplo, nosotros intentamos no dañar el corazón de Jesús, si tratamos de no lastimarlo, ¿por qué debemos repararlo? De hecho ¿podemos hacerlo? El ser humano ¿en realidad tiene el poder de sanar, de curar, de reparar el corazón de Jesús?

Si pensamos en ese corazón solo como algo físico, resulta imposible. Si lo vemos como es, un corazón, ciertamente humano, pero también divino, parece una tarea más imposible todavía. ¿Qué hacemos entonces? Justicia. Solo eso.

Sabemos que el corazón sacratísimo de Jesús es herido por los pecados de los hombres continuamente. Sabemos que es herido por la indiferencia del hombre y del mundo. Sabemos que es lastimado por las injusticias de los hombres, y que la peor injusticia es el desamor de los hombres, sobre todo de aquellos que al Señor le son más queridos, es decir, los de los consagrados, los sacerdotes, las religiosas. En justicia se le debe reparación al Señor, en el sentido de compensación, en el sentido de satisfacción, de disculpa. Reparar es suplicar misericordia. Reparar es un acto de justicia y de amor a Jesucristo. Compensamos por los que no lo hacen, satisfacemos por los que no lo hacen. Sabemos que no podemos reparar absolutamente nada. Pero reparar, en el sentido propio, de satisfacción, podemos hacerlo, porque no lo hacemos solos. Jesús es el que repara. Cuando ofrecemos, en el sacrificio de la santa Eucaristía, el cuerpo, la sangre, el alma y a divinidad de Jesucristo al Padre, nos unimos al poder reparador de Jesucristo. Solo el Señor, en su inmenso amor y misericordia, puede ayudarnos a hacer esto posible. Reparar es justicia. Reparar surge del amor poderoso de Jesús. Nuestros actos de reparación son en realidad súplica confiada al Señor que sabemos nos ama. Pedimos por los que no son fieles, pedimos misericordia para los que viven extraviados, que ignoran el inmenso amor de Cristo, que viven alejados e indiferentes a él.

Nuestros actos de reparación no significan que nosotros reparamos ese corazón lastimado y ofendido. En realidad significa misericordia. Significa que acudimos al corazón de Jesús a decirle que no todo el mundo es indiferente, que no todo el mundo es infiel. Que su amor es útil, que su amor es poderoso, que él es el amor mismo y que nos damos cuenta de eso y lo agradecemos, pero al mismo tiempo le suplicamos que tenga piedad de este mundo extraviado y sin amor. Le suplicamos que encienda el amor en todos los hombres.

 

Artículo escrito por el Padre Pacco Magaña es sacerdote de la GdH del Sagrado Corazón en SLP, Mexico. Libro del padre Pacco: Ver artículo.

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