Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Padre Nuestro

(Cuarta parte)
Pacco Magaña

Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas, líbranos del mal (Mt 6, 9-13).

Finalmente llegamos a esta última petición del Padrenuestro: “líbranos del mal”. Es una súplica interesante. No cabe duda que Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, es sabio e incluyó en esta bellísima oración todo aquello que en realidad se necesita para la salvación.

En efecto, en esta oración no se piden cosas superfluas, a pesar de que algunas que parecen serlo en realidad se necesiten, y a veces con urgencia. Se pide lo necesario para subsistir cada día; no se pide asegurar el futuro pan, ni el futuro en sí. Se pide clemencia por las faltas que se cometerán cada día, lo cual es otro tipo de pan, es el alimento del alma: el perdón, la misericordia divina; se hace el compromiso de perdonar también a los demás. Se pide fortaleza para no caer en las fauces que las tentaciones nos tienden, se pide fuerza para luchar contra el tentador. Y se pide al Padre eterno que nos libre del mal. Meditaremos acerca de esta noción compleja y lo haremos brevemente.

Hay diversos males: físicos, morales, del ánimo, económicos, la muerte; en fin, diversas cosas a las que le podemos poner el calificativo de malas. Pero Jesús no dijo “líbranos de las cosas malas”, no se trata de “el mal” como adjetivo, sino como sustantivo. Veamos.

Caer enfermo puede considerarse un mal, sin embargo, el mismo Jesús dijo, alguna vez que iba a curar a un enfermo: “ni él pecó ni pecaron sus padres; este hombre está enfermo para que en él se manifiesten las obras de Dios” (Jn 9, 3). Así que la enfermedad en sí no es el mal, pero sí es algo malo.

A veces nos preguntan ¿cómo estás? A lo cual respondemos: bien, mal, más o menos, etc. Una cosa es sentirse mal, apesadumbrado, lastimado, herido o enfermo y otra cosa es el mal. Hacemos cosas buenas y hacemos cosas malas; hacemos algo bien y hacemos muchas cosas mal. Mal se entiende como un adjetivo en estos casos.

Hacer un bien a otro es ayudarle a sentirse o a pasarlo mejor de lo que estaba: damos limosna, prestamos cosas, dinero; damos de nuestro tiempo, escuchamos al afligido, aconsejamos al perturbado, animamos al decaído. Esto es hacer cosas buenas. Realizamos nuestras tareas y deberes bien o mal, es decir, sin perfección o con las mayores perfecciones. Pero esto aun no es el bien ni el mal.

Si se lee correctamente el texto griego, en el que fue escrito el Nuevo Testamento, y si atendemos en particular al texto de san Mateo que estamos meditando (6, 13) encontramos pequeñas dificultades de interpretación: en Griego, para expresar el concepto “persona malvada” se usa la misma palabra que incluye Mateo en su expresión líbranos del mal, lo cual viene a significar “líbranos de los malvados”; sin embargo eso no es todo; la palabra correcta que usa Mateo no es un sustantivo (aunque tiene la misma raíz) sino un adjetivo, pero lo emplea en género neutro.

En griego ocurre algo parecido al español; un adjetivo, en nuestra lengua, puede ser solamente masculino o femenino, según califique a alguna palabra, por ejemplo: niña mala, niño malo; pero existe una forma neutra de emplear un adjetivo anteponiéndole el artículo; ejemplo: “lo malo” o “el mal”, lo cual hace que un adjetivo se convierta en sustantivo neutro.

Pues bien, esto ocurre también en el griego, aunque no siempre. En el griego sí hay palabras masculinas, femeninas y neutras; en español solo masculinas y femeninas. En griego, para hablar de una realidad como la que analizamos, se utiliza el adjetivo neutro y se convierte en sustantivo. Así pues, la palabra correcta que se debe leer, atendiendo a la palabra griega que emplea san Mateo al final del Padrenuestro cuando leemos “el mal”, es: “lo malo”, “el malo” “el maligno”. La traducción al latín del texto de Mateo que meditamos ahora es muy clara, dice: “sed libera nos a malo”. Dice la palabra “malo”, se refiere al acosador.

Pero dejémonos de averiguaciones lingüísticas; nos interesa más el sentido del texto. Lo que en realidad se pide no es que el Señor nos libre de los males cotidianos; para eso somos hombres, para resistir la tentación y evitar el pecado, para soportar la enfermedad y para sobreponernos a nuestras desgracias con entereza y alegría. Pedimos que el Padre bueno nos libre de aquello que por nuestras solas fuerzas no podríamos liberarnos: del enemigo malo.

Mucha gente se pregunta angustiada e irritada esto: ¿por qué Dios, que es infinitamente bueno, permite el mal? ¿Por qué Dios, siendo bueno, creó el infierno? ¿Por qué el castigo eterno? Y viven terriblemente tristes; “no debería existir el mal”, piensan.

Pues bien, Dios no es el creador del mal. Es el creador de todas las cosas, pero los males son, la mayoría de las veces, consecuencias lógicas de nuestros actos. Si pensamos acerca de que hay gente malvada, que acaso no debería existir, ¿diríamos que Dios es el responsable o que cada uno es responsable de sus obras buenas o malas? En efecto, responderemos que son las personas que hacen el mal las responsables de este mal que practican a diario, pero no es Dios, pues no es él quien lo hace. La respuesta es: Dios permite la libertad del hombre y la respeta, porque así creó al ser humano, libre para actuar, pensar, decidir. Son los hombres los que alejándose del sumo Bien, practican el mal en el mundo y dañan a muchos.

Si pensamos que hay muchos males, ajenos al actuar del hombre, como terremotos, tsunamis, huracanes, epidemias, inundaciones, ¿podemos echarle la culpa a Dios de que permita estos males? Todas estas cosas no son hechas deliberadamente por nadie; son resultado de las leyes de la naturaleza; así es como surgió el universo como lo conocemos, así es nuestro planeta. Así es como surgieron las galaxias; lo que a veces consideramos como males no es otra cosa que procesos naturales y físicos que nada tienen que ver con el verdadero mal. Finalmente, Dios permite el mal en el mundo porque él siempre puede obtener de ello un bien mayor, lo que a menudo ocurre.

Dijimos antes que las tentaciones pueden venir de uno mismo o de otro; pues bien, podemos decir ahora que algunas tentaciones vienen: de uno mismo, de otro y del “Otro”, es decir, de uno que no es de los nuestros; de hecho, vienen del “terriblemente otro” que es el maligno.

Y si las peores tentaciones vienen del seductor, ¿por qué Jesús, si ya había incluido en la anterior petición: “no nos dejes caer en la tentación”, ahora incluye esta, puesto que el tentador es el enemigo malo? Porque la tentación puede vencerse a fuerza de voluntad, pero al malo se le vence por medio de la gracia y del poder de Jesucristo.

Cierto que al suplicar con el Padrenuestro pedimos ayudas para nuestro vivir día a día. Pero, en la última petición queremos estar protegidos por el poder santificante del Padre. Un ejemplo del mal, según hemos meditado, es el de Judas, el cual ya había hecho tratos con los sacerdotes judíos para entregarles a Jesús; podemos suponer que, en este primer momento, Judas no pudo resistir la tentación natural de ganarse algo; pero, durante la cena, cuando Jesús advirtió que uno de ellos (de los apóstoles) iba a entregarlo, él pudo echar marcha atrás. y no lo hizo; cuando Jesús le dijo que hiciera lo que iba a hacer, él salió decidido a cumplir su parte del trato, pues “ya había entrado en él Satanás” (Jn 13, 27), y él continuó con lo suyo. Esto es el mal: darle paso al maligno enemigo. Y esto ocurre también en nuestros días. Si alguien está sujeto a tentación, que pida la fortaleza y protección del Padre; pero, si uno no resiste la tentación, le deja abiertas puertas y ventanas al “malo”. Por eso no solo hay que vencer la tentación, sino pedir que el malo se aparte de nosotros.