Blog del sagrado Corazón de Jesús: Misericordia

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Blog del sagrado Corazón de Jesús: Misericordia

Un artículo escrito por el padre Pacco Magaña, Guardia de Honor de San Luis de Potosí. Mexico.

Sean compasivos, como su Padre es compasivo. No juzguen y no serán juzgados, no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den y se les dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de sus vestidos. Porque con la medida con que midan se les medirá (Lc 6, 36-38).

Compasión es sentir lo que el otro siente, especialmente cuando se trata del sufrimiento. El mejor sinónimo de esta palabra es Misericordia. Compasión significa padecer con, es decir, no ser indiferente al sufrimiento de los demás, compartir su sufrimiento. Es verdad que nadie puede sufrir de la misma manera que el otro, porque cada cual carga con su propio dolor. Se trata, no de sentirlo igual, lo cual sería imposible, sino más que todo, como decimos coloquialmente, ponernos en los zapatos del que sufre, o más técnicamente, tener empatía.

De hecho otras traducciones, en lugar de usar esta palabra: compasión, emplean la dicha anteriormente: misericordia. Me parece que ambas palabras, aun significando la misma o parecida idea, completan juntas el sentido más cercano a las expresiones de Jesús.

Compasión significa padecer junto al otro, compartir su dolor; misericordia significa amar al que sufre, recibir en el corazón a quien vive en la desgracia. No es lo mismo, pero a veces se traduce o interpreta igual.

Si yo siento compasión estoy junto al que sufre; tal vez no pueda ayudarlo demasiado, tal vez no pueda solucionar sus problemas o acaso ayudarlo a superarlos, pero él no se sentirá solo con sus pesares, sabrá que hay alguien a quien sí le importa y quisiera verle bien, quisiera verle prosperar y superar la adversidad. La compasión puede sentirla el amigo, el ser querido; en realidad nos duele el alma cuando un ser querido padece enfermedad, injusticia, dolor físico o espiritual, infortunios de diversas naturalezas; nos duele porque nos importa, porque forma parte de nuestra vida.

Yo tengo seres queridos a quienes las cosas no les pintan nada bien. Siento su dolor; sé que no de la misma manera, porque quien sufre más es el ser querido; de ninguna manera puedo decir que me duele igual, a no ser que yo padezca de lo mismo, lo cual es imposible, porque, si ambos tuviésemos el mismo problema no significa que lo suframos al mismo nivel o con la misma intensidad. Cada quien es poseedor de una forma de sentir, y aún poniéndonos los mismos zapatos, calzamos diferente talla. Dos personas distintas, aun con cualidades semejantes, complexión, salud, etc., pueden experimentar una experiencia de maneras diferentes; en igualdad de circunstancias no sienten lo mismo. Ambos sufren el mismo golpe, pero el dolor es distinto en ambos. Somos diferentes unos de otros, por lo tanto el gozo y el dolor no los experimentamos de igual modo. Tampoco lo superamos de manera igual. Somos únicos, irrepetibles, por eso todo lo que sentimos es distinto y único e irrepetible también. Nadie puede decir que siente de la misma manera que los demás; tampoco pensamos igual. A veces damos consejos a quienes sufren en el interior, sin embargo, a nosotros puede funcionarnos, pero en los otros quizá no ocurra lo mismo.

Así que la compasión es, de alguna manera, una especie de acercamiento al dolor de los que amamos: los familiares, los amigos, nuestros seres queridos. Es bueno contar con ellos, pero es mejor que ellos cuenten con nosotros. Eso es la compasión.

La misericordia es algo parecido, pero parece que va más lejos. Es, hasta cierto punto, más fácil, sentir compasión, es decir, compartir el dolor de los que amamos, sin embargo, la misericordia, aun pareciendo significar lo mismo, tiene una diferencia. Misericordia tiene que ver con amar, incluso a quienes no nos aman, a quienes no nos quieren bien. Misericordia incluye amar a quienes, humanamente, no son nada nuestro.

Misericordia es una virtud excelente. Es amar al miserable, es decir, a quien vive en las condiciones más atroces. Es amar a los que no son seres queridos, en el sentido estrictamente común. Jesús lo decía: es fácil amar a quienes nos aman; pero eso no tiene ningún mérito, pues los malvados también están dotados de esta capacidad de amar a los suyos, a sus hijos, a sus seres cercanos, a su familia y amigos (cf. Mt 6, 43-48). La misericordia, por eso, va más lejos.

La misericordia de hecho es la forma en que Dios ama al hombre. Él no necesita hacerlo, él no necesita al hombre. Nosotros somos quienes necesitamos de él. Misericordia es amar a quienes ni siquiera se merecen nuestro amor. En efecto, el mismo Jesús deja claro qué cosa es la misericordia, no con enseñanzas, sino con actitudes. Cuando Jesús estaba crucificado, antes de morir, ejercita la misericordia superlativamente, es decir, poderosamente. Él decía al Padre celestial: “perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Eso es misericordia. Eso es amor a la máxima potencia, a la potencia celestial, es amor a nivel Dios. Los que le crucificaron eran unos malvados. Los sacerdotes judíos, los soldados romanos, los guardias del templo, Pilatos, Judas Iscariote; ellos hicieron todo lo posible para que todo aquello ocurriera y Jesús, en lugar de castigar o amenazar, en lugar de reclamar, intercedía por ellos. Eso es amor al extremo. Es amor inexplicable. Eso es misericordia.

Jesús crucificado, tenía a ambos lados a unos ladrones. Uno vociferaba y maldecía desesperado y no se arrepentía ni de sus actos pasados, ni de su condición presente; ni aun en la inminente hora de su muerte tenía un rasgo de bondad; solo reclamaba a Jesús, exigiéndole que se librara de ese momento y lo librara a él también. El otro le suplicó a Jesús que lo recibiera en su reino celestial, a lo cual Jesús respondió con algo totalmente inesperado; ¿qué le importaría a alguien la vida o la suerte de un vulgar ladrón? Pues a Jesús sí le importó, inmediatamente le respondió que esa misma tarde estaría con él en el paraíso. Eso es misericordia; un amor inexplicable, un amor que solo Dios entiende.

Y Jesús recomienda a sus discípulos, a todos aquellos que lo escuchan en el monte de las bienaventuranzas que practiquen la misericordia, que procuren que su amor sea grande, que vaya más allá de las formas egoístas del amor humano, que entiendan que el amor, de hecho, no es humano. Que el amor verdadero perdona todo y perdona siempre. Que el amor verdadero, en lugar de castigar, premia. Que el amor verdadero, que el amor al nivel Dios, es totalmente absurdo, ¿cómo no serlo, si el amor es divino, si el amor es Dios mismo?

En esto conocemos que no estamos equivocados. En que Dios es amor y que todo amor debe ser misericordioso. El amor de misericordia es la única forma de amor que redime. “Jesús murió por nosotros cuando aún éramos pecadores” (Rm 5, 8), decía san Pablo. Es más, murió por los pecadores, no por los justos. Esa es la verdadera misericordia, el ocuparse de aliviar el dolor del que vive en la desgracia; Jesús vino a aliviar al hombre oprimido por el mal, hundido en el pecado, la desgracia más grande. Él se compadece del desgraciado para darle la gracia, el regalo del perdón divino. Él decía que no hay amigo más grande que el que da la vida por los amigos, pero hizo más que eso; dio la vida por sus amigos, por los que ama y por los que lo aman, pero no solo eso: también dio la vida para salvar a los alejados, a los pecadores; él dio la vida también por los que no son amigos, esperando tan solo que se conviertan, que crean en él para que tengan vida, esa vida que ha sido recuperada por él.

Este texto de san Lucas nos muestra a Jesucristo como el misericordioso. Él, Jesús, nos quiere semejantes a él en el obrar. Un verdadero discípulo de Jesucristo debe practicar la misericordia en todo y para todos. Todo este pasaje se refiere a la misma cosa: misericordia. No juzgar, no condenar, tener compasión, se resumen en una palabra: misericordia, esto es, amor a quienes viven extraviados, a los que no aman, para que no se pierdan; el amor que da y exige Jesucristo es total. Él termina diciendo: “con la misma medida que midan serán medidos”; y el apóstol Santiago, fiel discípulo y maestro de la fe cristiana, también dirá algo semejante: “habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó misericordia” (Stg 2, 13). Misericordia, podríamos decir, es la caridad, en efecto, pero unida a la compasión; es aquello que Jesús mandó a sus discípulos en la última cena: “ámense unos a otros, como yo los he amado” (Jn 13, 34); y el amor con que nos ha amado Jesucristo es, no solo caridad, sino caridad y compasión: misericordia; amor sagrado; amor de su corazón.

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