Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Miradas

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Miradas

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre” Él, entonces, le dijo: “Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud”. Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: “Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme”. Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes (Mc 10, 17-22).

Los ojos hablan. Una mirada puede decir mucho; puede decir todo. O casi todo. Las miradas muestran el resentimiento, la desconfianza, la desesperación, la tristeza, el gozo, el odio, la inconformidad. Se pudiera entablar una conversación mediante solo miradas.

Un hombre se acercó a Jesús; seguro en sus ojos había esperanza. Le pregunta por lo bueno; le interroga por aquello que le parece importante, le pide mostrar el camino que lleva a la vida eterna. Él preguntaba por lo esencial; seguramente aquel hombre joven o viejo era buena persona; pero sobre todo, él quería encontrar respuestas, encontrar caminos para vivir; él no era como los demás que buscan la frivolidad, el placer, el pasarla bien; ni siquiera busca la salud o un sinfín d enseñanzas. Él busca lo esencial: la vida. Seguramente sus ojos también hablaban, mostraban sus inquietudes, su alma desde lo profundo.

Y, como aquel hombre buscara respuestas, verdades, pistas seguras para alcanzar la vida, Jesús le habló claro; le dijo el camino correcto para alcanzar la vida: realizar en sí mismo la Alianza con el Todopoderoso el cumplir la Ley. Pero veamos la actitud de Jesús; él le responde a aquel hombre diciendo: “ya conoces los mandamientos”, es decir, Jesús sabe que aquel hombre es bueno, que aquel que pregunta por lo bueno se ha ejercitado desde su juventud en la búsqueda y consecución de lo que es bueno; sabe que él conoce los mandamientos y le orienta a vivirlos en plenitud. Esto significa que “los mandamientos del Señor alegran el corazón” (sal 18), son vida. Jesús mira los ojos sinceros de aquel hombre inquieto y le habla con claridad y sinceridad; no como hace con los fariseos o los escribas, que llegando con preguntas complejamente elaboradas tienen un plan malvado para hacerlo caer en alguna contradicción; no. Jesús percibe de inmediato las intenciones buenas de aquel extraño y no le responde la pregunta con otra pregunta como hace con aquellos otros. Le responde fuerte, claro y sincero.

Sin embargo, aquel hombre bueno que se acercaba en busca de lo esencial no busca solamente esa respuesta, él quiere ir más lejos; el camino que Jesús le presenta le parece demasiado fácil, y es que él desde su más tierna infancia es un verdadero israelita comprometido con su fe y con la Alianza; tal vez no está seguro de andar en el camino verdadero al cumplir cabalmente los mandamientos desde hacía mucho tempo. Él busca un tanto más. Alcanzar la vida eterna debía tener algún secreto más, escondido por ahí. Pero Jesús le había declarado los mandamientos que él repite y practica desde que era muy joven; toda una vida él llevaba siendo fiel a Yahveh.

Jesús lo sigue mirando, esta vez con amor, como a un amigo, como a un hermano, como se mira a un hijo o a una madre: “ve y vende todo lo que tienes, reparte el dinero a los pobres y luego ven y sígueme”. Y al decir estas palabras lo miraba lleno de ternura, esperando su respuesta, su entrega total ante tal mirada del cielo. El evangelio no vuelve a mencionar que Jesús mirara a alguien con tanto amor, con toda el alma; dichoso hombre justo que tenía en un momento todo el amor de Jesús en una mirada.

El hombre aquel no lo pensó demasiado; solamente contó mentalmente todo lo que tenía y se marchó muy triste; con una mirada llena de angustia, quizá lloró mientras se marchaba. Él se dio cuenta que sí, efectivamente, era un fiel cumplidor de la Ley, pero a la vez era esclavo de ella; se le ofreció algo grandioso, el ser libre, no de la ley, sino libre para amar, para permanecer, no solo en el camino que lleva a la vida, sino para estar unido con la vida misma que es Jesús. Y él no lo sabía, pero seguramente su alma sí, y por eso se fue muy triste.

¿Por qué no lo dejó todo? Tal vez a la muerte de Judas él pudo haberse convertido en el sucesor del traidor; ahora mismo sería contado como uno de los apóstoles del Cordero, en lugar de Matías, y todo el universo lo conocería por su nombre; pudo el Señor haberle confiado tantas cosas; y él, que buscaba lo esencial, hubiera encontrado el tesoro más grande del mundo solamente por dejar todo y seguir a Jesús. Debe ser triste buscar un camino toda la vida y luego, al encontrarlo, no poder seguirlo; malhaya de búsqueda, tanto tiempo perdido, tanto tiempo de angustia para continuar la misma vida justa pero triste.

Al final no se vuelve a saber nada de este hombre, lo que es demasiado probable es que éste se haya salvado, pues tenía apego y amor a la Alianza; al menos es de los pocos personajes judíos de los que se dice en el Nuevo Testamento algo positivo con respecto a su fe. Sí, alguien ajeno a los doce, ajeno al grupo de los que acompañaban al Señor a todas partes, alguien que no es de las multitudes, ni de los enviados, ni de los amigos de Jesús, y que practica la justicia.

Seguramente aquel hombre siguió siendo bueno, un buen judío. Un ejemplar hijo e Israel, un hombre comprometido con la salvación. Seguramente la tristeza pasó pronto; finalmente, la respuesta que necesitaba la había encontrado: para tener vida eterna es suficiente hacer lo que él ya hacía desde siempre; tener la vida eterna consistía en permanecer fiel a esa Alianza Israelita; tener vida eterna exigía solamente un serio compromiso con la Ley de Moisés. Hacían falta Israelitas como él, que creyeran en la Ley y la practicaran. Sí. Tenía su respuesta, su camino tal vez no era perfecto, pero sí era el correcto.

Eso de deshacerse de sus bienes ni iba con él ni con sus expectativas; eso sería solo si él hubiera querido ser perfecto; pero quizá no lo quería. Por lo menos bastaba hacer lo que él ya hacía, y con amor y con verdadero compromiso de fidelidad; ser perfecto no era para él; además, él no andaba buscando la perfección, sino la vida eterna; y de eso ya tenía respuesta, ya tenía trazado el camino; él sabía que no se equivocaba; que su vida valía la pena porque hacía lo correcto.

Esto hombre no es el único que rechazó a Jesús, otros lo hicieron; sin embargo, sí es de los rechazos más dramáticos. Recuerdo aquellos pasajes que se refieren a los rechazos:

El entusiasmado que espontáneamente dijo a Jesús: “te seguiré a donde quiera que vayas” mas Jesús le advirtió: “las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el hijo del hombre no tiene en qué reclinar la cabeza”; y no lo siguió. Otro es aquel a quien Jesús invita a seguir, pero este pretexta enterrar primero a su padre, a lo que Jesús responde: “deja que los muertos entierren a sus muertos, tú ve y anuncia el reino de Dios”; y otro más que promete seguir a Jesús una vez que se despida de su familia; a lo que el Señor responde que empuñar el arado y mirar hacia atrás no es para los que son del Reino de Dios (Lc 9, 57-62)

Pero en este caso, más que las palabras, las miradas son las que hablan: la mirada de Jesús llena de amor, los ojos de él tristes; uno sonriente, otro lloroso; dos miradas se cruzaron como maderos de cruz; aquel hombre bajó la vista, otrora radiante, y se marchó mirando el suelo, pensando en sus propiedades, en sus bienes, en sus ahorros; y la mirada de Jesús, seguramente lo siguió un trecho, como esperando a que aquel recapacitara y regresara jubiloso; pero ni la tierna y amorosa mirada de Jesús pudieron convencerlo de renunciar a todas sus pertenencias y aceptar la perfección. Y yo me quedo pensando en lo que aquel hombre sería después de este encuentro con la vida, con Jesús, y que él dejó pasar, pues la vida es más que cualquier otro bien; no cabe duda que el dinero no nos da ni la alegría ni la vida.


Artículo escrito para el blog del Sagrado Corazón de Jesús por el padre Pacco Magaña, sacerdote de la GdH en SLP, Mex.