Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Los que son de Cristo

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Los que son de Cristo

“Todo aquel que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no perderá su recompensa” (Mc 9, 41).

Este pasaje de san Marcos está unido a un gran momento del mismo capítulo 9; es una especie de continuación sobre la discusión de quién es el mayor en el reino de los cielos y acerca también de el descontento de Juan porque alguien expulsaba demonios en el nombre de Jesús.

Se habla aquí sobre una cierta recompensa a los que colaboren con el proyecto del reino de Dios. En realidad puede significar que Jesús continúa con la explicación sobre quién es el mayor en el reino. Y en la mente de Jesucristo, seguramente los que son de Cristo son los pequeños. Los que son de Cristo son todos aquellos que sirven a este proyecto del reino. Los que son de Cristo son los que trabajan para que el reino de Dios se haga presente. Cualquiera que defienda a los pequeños defiende el Plan salvador del Padre. Y los pequeños son sus enviados, pero también lo son los alejados.

Esto es cierto. Este pasaje también es la continuación de una discusión que tuvieron los apóstoles con Jesús acerca de uno que estaba dedicándose a expulsar demonios en su nombre y los apóstoles se lo prohibieron rotundamente, por el simple hecho de que no era de los del grupo que seguía a Jesús. A lo cual él respondió que no debían prohibírselo puesto que aquel era partidario del reino.

Al decir a los apóstoles: “a ustedes, los que son de Cristo”, no sólo se refería a ellos, sino también a aquel que expulsaba demonios en su nombre, porque él también era de Cristo. En realidad les estaba diciendo que aquel que actuaba en su nombre, aunque no anduviera con ellos, merecía más el reconocimiento que la reprobación.

Ser de Cristo significa muchas cosas; por ejemplo, la más importante, saberse en sus manos, saberse propiedad de él; más que eso, saber que se le debe la vida, puesto que él estuvo dispuesto a dar la vida “en rescate por todos” (1Tim 2, 6).

Ser de Cristo significa también haber sido marcados por los sacramentos para la redención. Ser parte de esta única Iglesia, estar sujetos a la jerarquía sabiendo que en esto se cumple nuestra condición de hijos de Dios y también que aquí se pone en juego la salvación realizada por Jesucristo.

Pero, de manera especial, ser de Cristo significa ser parte de un rebaño santo que él, como Buen Pastor, conduce: “el Señor es mi Pastor” (Sal 22, 1). Y este rebaño tiene variados modos de ser. Se puede estar como quien es conducido y se deja guiar, confiado, por el Pastor hacia las verdes praderas de la gracia. Pero también se puede estar como colaborador de este pastor eterno en el hermoso proyecto de la salvación.

Recuerdo muchos de los que son de Cristo. Por ejemplo, aquellas nobles mujeres que acompañaban a Jesús en todas sus idas y vueltas por Galilea y Jerusalén, de quienes nos hablan los evangelios: “lo acompañaban varias mujeres, entre ellas María, llamada Magdalena, de la cual había expulsado siete demonios, Juana Mujer de Cusa, el administrador de Herodes, Susana, y otras muchas, que lo ayudaban con sus propios bienes” (Lc 8, 1-3).

De Cristo son los apóstoles de manera excelentemente especial, ya que él mismo lo declara en la bellísima oración que dirige al Padre eterno antes de dar la vida en la cruz, y en la que dice: “Padre, te pido por estos que tú me diste, no te pido por todo el mundo, solo por ellos, que eran tuyos, pero tú me los diste; líbralos del mal; no te pido que los saques del mundo” (cf. Jn 17).

En efecto, Jesús escogió a estos doce como primicia de la Iglesia; los escogió para que estuvieran con él, para que aprendieran de él y para enviarlos a predicar. Así pues, los que son de Cristo también son aquellos que son llamados a anunciar el evangelio con palabras y con obras, con el poder de Jesús y con la autorización del Maestro.

Ahora bien, la recompensa por ser de Cristo es la vida eterna, eso es claro; pero aquí Jesús se declara defensor de los que son de él, y se coloca en el lugar de quien recompensa a aquellos que dan un vaso de agua, es decir, a los que colaboran en el misterio y realización del plan de Dios.

Aquí quedan para reflexionar varias cuestiones: ¿qué es en nuestros días colaborar con Cristo? Servir a la evangelización, apoyar las labores pastorales de la Iglesia. ¿Con qué frecuencia realizamos alguna acción en beneficio de la Santa Iglesia? ¿De qué manera propiciamos el proyecto evangelizador? ¿Creemos que en la Iglesia habita Cristo con todo su poder? ¿Cómo tratamos a los que evangelizan, a los que sirven? ¿En realidad creemos que son de Cristo? ¿Cómo obstaculizamos o propiciamos su labor? ¿Permitimos que ellos realicen su trabajo pastoral? ¿Los criticamos? Y si lo hacemos, ¿estamos dispuestos a decirles cómo hacer su trabajo? ¿Ponemos nuestro granito de arena en el engrandecimiento de la Iglesia?

Quedan mil preguntas más. El punto es ver de qué lado estamos. Lo mismo en el rebaño que en las manos de Jesús. ¿Sabemos el lugar que ocupamos, lo mismo en el corazón de Jesucristo que en este rebaño de Dios? ¿Somos evangelizados? Y si lo somos, ¿en verdad conocemos cada día más nuestra Iglesia, la Doctrina de la Iglesia, las palabras de Jesucristo, la Sagrada Escritura?

Y más cuestiones: ¿merecemos premio, castigo, o indiferencia? Si decimos que somos de Cristo necesitamos tomar posición. Hace falta decidirnos por Cristo y ser ovejas o pastores, pero de tiempo completo, de corazón, palabra, obras y pensamiento.

Tenemos las inmensas e innumerables actividades pastorales y misioneras cotidianas. ¿Cuánto estamos aprovechando estos tiempos de gracia para acrecentar nuestra fe, para profundizar en ella? Bien decía el Papa Francisco hace tiempo que no debemos ser conformistas, sino ser audaces, reconocer que tenemos una sola oveja y que debemos ir en busca de las 99 que andan perdidas, extraviadas, con hambre, con frío; la evangelización es tarea de todos. Tenemos un gran puñado de personas apostólicas que desean servir a este proyecto evangelizador, pero ¿habrá quién las escuche? ¿Habrá quién las reciba?

Dejémonos guiar por Jesucristo. Que su Palabra penetre en las profundidades de nuestros corazones y nos permita amarla más cada día. Y podamos seguirle los pasos. Y se acreciente en nosotros cada vez más la alegría de sabernos parte de un rebaño que él conduce. Ayudemos a la tarea de la evangelización. Esta tarea es de todos. Cada uno según sus posibilidades, su condición y sus recursos; pero la tarea no la podemos dejar solo en manos de unos cuantos; y encima de eso aun criticarlos para mal en lugar de colaborarles. Se nos pedirá cuenta de esto, porque Jesús no murió solamente por los sacerdotes, por los monjes o por los apóstoles; él dijo que ellos son suyos, pero todos los bautizados estamos llamados a serlo. Se nos pedirá cuenta de ese vaso de agua que dimos o no dimos a los que son de Cristo. Tengamos el vaso listo. Animemos la evangelización: acrecentemos la Iglesia, para la gloria del Corazón de Jesús.

 

Artículo escrito para el blog del Sagrado Corazón de Jesús por el padre Pacco Magaña, sacerdote de la GdH en SLP, Mex.