Blog del Sagrado Corazón de Jesús: La Institución de la Eucaristía

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Blog del Sagrado Corazón de Jesús: La Institución de la Eucaristía

Dedico este artículo al Amor de los Amores y a la Madre del Amor

Por: GDH Taide Leticia Martínez Montiel.

Mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió, de lo dio y dijo: “Tomen, esto es mi cuerpo”.

Tomó luego una copa y, después de dar gracias, se la pasó, y bebieron todos de ella.

Y les dijo: “Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos.

Yo les aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba, nuevo, en el Reino de Dios”.

(Mc 14, 22-25)

Jueves Santo, un día que quedó escrito en la eternidad y que viviremos día a día; sí, gocémonos, católicos, porque las maravillas vividas aquella tarde, nosotros continuamente las disfrutamos en la Santa Misa.

Lo que Jesús realizó aquel día fue la herencia que nos dejó, sabiendo ya su partida temporal de éste mundo; pero lo que vivió, hizo y dijo fue con todo el amor de su Corazón Sacratísimo, y de hecho lo expresó: “con ansia he deseado comer esta pascua con ustedes” (Lc 22, 15). También su Corazón experimentó momentos amargos en esa cena, pues sentado con él, en la misma mesa, estaba Judas, el que lo traicionaría; y Jesús mismo lo anunció, Judas mojó su pan en el mismo plato de Jesús y en cuanto probó bocado entró el demonio en él, como lo dicen las Escrituras. Pero aún con todo eso, Jesús había ansiado tanto aquella cena, en donde instituyó también el sacerdocio, lavó los pies de sus discípulos dando muestra de extrema humildad, pues siendo Dios-hombre, se puso al servicio de sus discípulos; incluso al mismo Judas le lavó los pies; todo esto sin réplica y sin altanería por su condición Divina; finalizó diciéndoles: “Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan lo que acabo de hacer con ustedes” (Jn 13, 15); los apóstoles fueron, pues, enviados al servicio de los hermanos sin importar condiciones.

Otro regalo de esa herencia perfecta que nos dio fue el mandamiento nuevo: “que se amen los unos a los otros; que, como yo los he amado, así se amen también entre ustedes” (Jn 13, 34); el Señor advierte también que es la manera en que serán reconocidos como discípulos suyos: “en que se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13, 35).

Pero lo más extraordinario, lo más hermoso en ese día sucedió en el momento de la cena pascual he buscado entre mis propias palabras para expresar dicha maravilla y no las tengo, no hago más que experimentar una gran alegría y un gozo indescriptible, que nunca jamás en la vida he sentido, más que al pensar enÉl, esa maravilla incomparable es: la “Institución de la Eucaristía”, “pan de vida bajado del cielo” (Jn 6), como Él se designa a sí mismo.

Jesús, en el extremo amor que ha sentido por nosotros, ha hecho la más grande invención, jamás imaginada: “Mientras estaban comiendo, tomó pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio y dijo: ‘Tomen, esto es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, después de dar gracias, se la pasó, y bebieron todos de ella. Y les dijo: ‘Esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos. Yo les aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba, nuevo, en el Reino de Dios’”, pongamos atención en esta acción: Jesús, el Hijo de Dios, teniendo pan en sus manos “lo bendijo” ¿qué grandeza existe en esta bendición?, en esta bendición se encuentra todo el poder del Espíritu Santo, que el pan y el vino se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor, así Cristo se hace real y misteriosamente presente en la Eucaristía (Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica núm. 1357).

En ésta acción o formula realizada por Jesús, vemos la unión y acción de Dios uno y trino, Jesús, el Hijo de Dios, da gracias a Dios Padre, por los dones recibidos en virtud de su creación, que son el pan y el vino, y por la acción de Dios Espíritu Santo, dada en la bendición, es realizado el milagro de Amor jamás pensado: pan y vino convertido en el Cuerpo y Sangre del Señor.

Y esto queridos hermanos nadie más lo puede realizar, más que los sacerdotes, que en ese mismo día Jesús instituye para su Iglesia; este milagro es realizado por ellos In Persona Christi, en cada misa que se realiza alrededor del mundo, y que hacen por mandato del mismo Jesús a sus discípulos, ordenados sacerdotes en la cena Pascual.

Hay una gran riqueza en todo lo que significa: “Eucaristía”, pero lo único que ahora quisiera reflexionar es en Jesús, vivo en el Sacramento de la Eucaristía, Sacramento de Sacramentos por lo que se le llama: Santísimo Sacramento; pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad, viático a la vida eterna, puesto que se ha hecho alimento para llevarnos a la eternidad. “Yo les aseguro que ya no beberé del producto de la vid hasta el día en que lo beba, nuevo, en el Reino de Dios”, tenemos la certeza de que al comerlo nos dará vida eterna y que es el medio para llegar a la eternidad. Jesús también pidió a sus recién ordenados sacerdotes: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19); así que el “mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras “hasta que venga” (1Cor 11, 26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre” (Cfr. Catecismo de la Iglesia católica) y la Iglesia ha sido fiel a la petición de Jesús, por lo tanto cada vez que veamos que el sacerdote comenzará a hacer la fórmula de consagración dada por el mismo Jesús, valoremos este momento tan sagrado, pues en la persona de Cristo el sacerdote pronuncia las palabras de Jesús, que por eficacia y gracia de Dios dan comienzo el milagro de Amor más grande de toda la historia; y prepárate, dispón tu corazón, alma, espíritu y todo tu ser para vivir ese momento, pero sobre todo para recibirle a Él, que bajo las especies del pan y el vino, consagrados por la acción santificante del Espíritu Santo, se han convertido en el Cuerpo y la Sangre del Señor; así lo ha querido Él para acompañarte todos los días de tu vida terrena, “el que come mi cuerpo y bebe mi sangre está en mí y yo en él” Jn. 6, 56, en ese momento te unes más estrechamente con Cristo; esta comunión con Él nos separa del pecado, pues no olvidemos que su cuerpo y su sangre es “derramada por muchos para el perdón de sus pecados” (Mt 26, 28) , “por eso la Eucaristía no puede unirnos sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos y preservarnos de futuros pecados… “yo que peco siempre, debo tener siempre un remedio”(Cfr. CEC núm. 1393); no perdamos de vista que para recibirle en la comunión hemos de estar en gracia y acudir al Sacramento de la Confesión, para que su gracia santificante tenga mayores frutos en nosotros; aumentará así nuestra caridad con nuestros hermanos; en fin, la gracia que recibimos al tener nuestra comunión con Él, es insondable; que nuestro principal objetivo al recibirle sea: el dar gracias y alabar por su medio al Padre, y de amarle en ese momento con todo nuestro corazón. O como nos lo dice Santa Margarita María de Alacoque: “que todo tu deseo sea amar, honrar y glorificar a este Divino Corazón”.

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