Blog del sagrado Corazón de Jesús: El Dios de Abraham

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El Dios de Abraham, el Dios de las Alianzas, el Dios que es Jesucristo

Una de las historias más hermosas y educativas de la Sagrada Escritura es la de Dios con Abraham (Gn 12, 1-7; 17, 1-5; 22, 1-2). El llamado que hace Dios a Abraham es hecho a un hombre que habita entre pueblos idólatras, con muchos dioses. Y este hombre tiene contacto personal con el único y verdadero Dios. Es este hombre de Ur quien tiene noción de que solamente hay un Dios, y lo sabe porque él le ha hablado. Dios le ordena dejar absolutamente y para siempre la tierra de sus padres porque lo va a hacer Padre de una nación nueva y enorme, de un gran pueblo.

Abraham no dialoga, no pregunta, solo obedece, se deja guiar por aquella voz que se le ha revelado; Abraham confía. Él no solo es el Padre de la fe, sino de la confianza, se deja conducir. Él ha dado un salto gigante: de la idolatría (adoración de muchos dioses) a la monolatría (adoración de un solo Dios); del politeísmo (creencia en muchos dioses) al monoteísmo (creencia en un solo Dios),

Abraham no interroga, no discute; él confía en el Dios que se le ha revelado personalmente y hace todo cuanto él le ordena y cree sin replicar en todo lo que aquel le revela.

Dios establece un pacto con Abraham. Dicho pacto es gratuito, pues la mayor parte del mismo la establece y la cumple Dios desde el principio. Recordemos que un pacto normalmente se realiza entre iguales, con condiciones que ambas partes cumplen y con beneficios que ambos disfrutan, como cuando se separan Abraham y Lot para evitar conflictos. Pero en el pacto que realiza Dios con Abraham las cosas son diferentes. ¿Cómo puede un hombre pactar con una divinidad si no están en igualdad de condiciones? ¿Cómo pueden pactar dos totalmente desemejantes cuando uno es el todo y el otro es casi nada? Sin embargo este es el actuar de Dios, el cual da todo cuando pacta con alguien y cumple su palabra a pesar de que la contraparte falle en su promesa. Recordemos también el pacto que establece Dios con la humanidad luego del diluvio y sellada con el arco iris. Pues bien, en este pacto que Dios establece con Abraham él, el único Dios verdadero, establece las bases del pacto y se compromete a la parte mayor y más difícil.

Dios se compromete a bendecir a Abraham con una gran descendencia y con una tierra que heredará a los hijos de este. Y a Abraham le deja la parte más fácil: “anda en mi presencia y sé perfecto”. Esta es la Alianza personal de Dios con Abraham. Una alianza en la que el hombre lo gana todo a cambio de su confianza y obediencia.

Algo parecido hará el Dios de las Alianzas con Israel, muchos siglos más tarde, luego de rescatar a su pueblo de Egipto. Establecerá una alianza por siempre, a cambio de lo mismo que pidió a Abraham: fe, confianza, obediencia, y consagrado todo esto en las “Tablas de la Ley”.

La prueba que Dios pone a Abraham es aparentemente cruel e imposible, sin embargo Abraham no se niega a ofrecer a su hijo único en sacrificio, él confía con toda su alma en este Dios con quien ha hecho una alianza; en el fondo sabe que aquel que le ha prometido ser padre de una gran nación no lo dejará desamparado.

El seguimiento de Dios, que ahora se nos ha revelado en Jesucristo, también es una alianza, es la “Alianza nueva y eterna”; es igualmente gratuita; el Señor pone todo y solo pide confianza, obediencia, fe total; lo pide todo; todo lo que un hombre es capaz de dar. Y toda alianza con Dios supone sacrificios, pruebas de fe.

Sin embargo Dios sigue poniendo todo lo que es difícil y sigue exigiendo la misma cosa: fidelidad. La Alianza debe ser vista no solo como un pacto, pues los hombres difícilmente podremos poner en la balanza la totalidad que es Dios y la pequeñez que somos nosotros. En realidad Dios lo que espera del hombre es solamente amor, entrega incondicional. Si somos capaces de dar esto tendremos a Dios de nuestra parte, porque él cumple sus alianzas sin fallar; y aun sin merecer, él es un Dios que da.

Sería bueno establecer una alianza personal con Dios; una alianza que cada uno hiciera en lo profundo de su corazón y con la total voluntad de “andar sus caminos y buscar la perfección”. Tenemos insignes ejemplos de verdaderos pactos con el altísimo en las personas de los santos. Ellos se entregan en cuerpo y alma a la voluntad divina, aunque a veces parece imposible permanecer en el amor de Dios y en la fidelidad a los pactos. A veces ellos, los santos, se han visto en situaciones totalmente adversas, mas no dejan de seguir estos caminos difíciles, pero seguros; ellos saben que ningún camino es imposible cuando el Señor los acompaña; ellos saben que Dios exige pequeños y grandes sacrificios, pero que estos no se comparan con la tierra prometida ni con el cielo prometido a quienes permanecen fieles al amor infinito de Dios.

Cada que nos encontramos en la presencia del Señor Jesucristo en el sacramento del altar él se deja contemplar por nosotros, él se revela totalmente; él nos habla y seguramente nos quiere recordar esa alianza que se estableció en la cruz, en su cuerpo y en su sangre derramada por nosotros; él nos recuerda su amor total, incondicional (porque sabe que eventualmente fallaremos en lo que nos toca en esta alianza); él nos recuerda que permanece fiel y también nos invita a la fidelidad. Él ya lo hizo todo, solo nos toca, como a Abraham, escuchar, obedecer; caminar con él y buscar la perfección, la perfección del amor. Esta perfección y este andar es imposible si no lo intentamos unidos a Jesucristo, que es Perfecto y que es el Camino; y más imposible si no es con la gracia de su cuerpo y de su sangre que adoramos y de lo que nos alimentamos; porque cuando comulgamos llevamos a nuestro cuerpo y a nuestra alma aquello que él nos da y pide: la Alianza.

Y el amor perfecto no es posible en este mundo. La perfección del amor viene de Jesús. Contemplando el corazón de Jesús podemos entender de qué se trata el amor perfecto. Consiste en dejarse amar por Jesús. La perfección del amor implica sabernos amados por el amor mismo. Establecer una alianza con Jesucristo es hacer posible el amor en la propia vida. Y es que, como hemos meditado, Dios siempre pone la mayor parte. Como con Abraham, la alianza es personal, pero el que es fiel es Dios, el que hace posible esta alianza es el Todopoderoso; uno solamente debe querer ser parte de algo grande. De ser un aliado del Señor.

En la alianza de amor con Jesucristo, él mismo es quien ama primero, ahora y después. Él ama de tiempo completo. Y su amor es perfecto, porque la esencia de Jesús es el amor. El amor exige darlo todo, hasta la vida, decía Jesús a sus discípulos: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Y así es su amor. Jesús es el que da la vida por sus amigos. Porque alguien puede dar la vida, en efecto por un amigo, o por diez; pero este dar la vida no salva en efecto a los que amamos; en cambio, el amor de Jesucristo sí que es eficaz. Él da la vida por sus amigos y por todos los hombres. Él, al dar la vida por nosotros, nos reconcilia con el Padre.

Y parece que en la actualidad muchos no se dan cuenta de este amor tan creativo, tan renovador, tan excelente. El hombre de hoy vive sin amor. Se viven muchas experiencias amorosas, pero el amor verdadero y perfecto es el que da Jesús. Este amor solo exige una cosa: correspondencia (Alianza). Amamos con perfección cuando establecemos una alianza personal con Jesús, cuando no somos indiferentes a todo lo que ha hecho por el mundo entero. Amamos con perfección cuando estamos dispuestos a adorar a Jesús eucarístico, pero no solo eso, sino que intentamos servirle y amarle en otros a los que él ama. Amamos con perfección a Jesucristo cuando nuestra alianza con él es más útil cada vez. Si nuestro amor hacia Jesús es capaz de contagiar a otros, nuestro amor es más perfecto.

El Padre Pacco Magaña es sacerdote de la GdH del Sagrado Corazón en SLP, Mexico.

Presentación del libro Migajas Divinas escrito por el padre Pacco magaña.

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