• 22/10/2021

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Del perdón y del amor

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Del perdón y del amor

Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte enseguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo (Mt 5, 23-26).

Luego de advertir a la multitud acerca de los móviles del homicidio, Jesús aconseja algunas cosas que ayudan a vivir en paz. Lo hace desde el ámbito de lo sagrado. Sitúa esta enseñanza en el templo. Y según mi pobre pensar, creo que es el espacio adecuado para evitar todo sentimiento criminal. Lo que falta al homicida es amor. Lo que sobra a Dios es amor. Si al presentar la ofrenda en el altar recuerdas a tu hermano con el que estás distanciado, es decir, al que dejaste de amar, al que te ha costado demasiado amar últimamente, deja tu ofrenda allí, delante del altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano.

Al parecer es de la vida espiritual, del contacto con lo sagrado, con lo que los seres humanos obtenemos los valores más excelentes. Así pues, si hacemos oración, si participamos del culto divino, si nos conectamos con Dios, con toda seguridad despertaremos en nosotros los valores de lo santo, y, ante todo, el amor al prójimo. Pero también puede haber otra postura, la de que, si no se ama al prójimo, no se puede amar a Dios. Así pues, el amor a Dios surge del encuentro con el hermano.

Puede haber una postura sintética, es decir, se trata de un círculo virtuoso; entre más amor tenemos a nuestro prójimo, mayor calidad tendrá nuestra capacidad de encuentro con Dios; y mientras más sincera y asidua sea nuestra relación con Dios, mayor calidad tendrá nuestra relación con nuestro prójimo.

Como sea, Jesús deja claro, de alguna manera, que los actos de culto son vacíos si no se lleva una relación de amor, respeto y reconciliación con los hermanos.

Es muy frecuente encontrarnos con personas que llevan, aparentemente, una vida espiritual, porque sirven en alguna iglesia, porque no faltan a Misa ningún domingo, pero eso no ha hecho de ellos mejores personas. ¿De qué sirve entonces tanto culto y servicio? ¿No será que ellos, lo mismo que cualquiera de nosotros, que llevamos una vida litúrgica, a veces vacía, nos hemos convertido en una especie de fariseos, de aquellos a los que Jesús tanto señalaba por su falta de coherencia?

El encuentro con los demás nos lleva a un culto más cierto. El amor que demostramos a Dios en el culto no debe estar divorciado del amor que mostramos a nuestros semejantes en el encuentro cotidiano. Y es que la verdadera religión, de cualquiera que se trate, tiene que ver con una integración de valores: los gestos rituales, la vida de oración y la conducta moral; toda religión lleva consigo una manera de ver y entender la vida, lo cual incluye interioridad y exterioridad.

Una práctica cultual que no incluye el aspecto moral es sospechosa; se supone que hay valores que la fe hace surgir en el interior y que deben expresarse en el ámbito exterior; y el ámbito exterior no es solamente el culto, lo ritual, el sentido de la ofrenda. No. El aspecto exterior más importante es la conducta; seremos juzgados en el amor (San Juan de la Cruz). El amor es la religión por excelencia. Por lo menos en la fe cristiana.

En la Carta de Santiago, el apóstol enseña que la fe sin obras está muerta; entre otras cosas, enseña la importancia de las obras reales; cierto que no por encima de la fe, sino como expresión de la misma “yo por mis obras te mostraré mi fe” (cf. Capítulo 2). Las obras son la expresión máxima de la religiosidad. Son lo único que importa. Seremos juzgados en base a nuestras obras, según el evangelio de San Mateo, en el cual se asegura: “vendrá el Hijo del hombre separará a os malos de los buenos, dirá a unos: vengan benditos de mi Padre, porque me vieron hambriento y me dieron de comer…” (cf 25, 34-46); la fe sin obras es solo imaginación, es una religión teórica que no conduce a ningún lado. Es enajenación. Una verdadera practica cultual tiene que ver con expresiones rituales, que se cimentan en una práctica moral. Es decir, al altar se lleva, juntamente con las ofrendas, la misma vida. La ofrenda es expresión del amor que hay en cada uno.

Jesús habla claramente de la reconciliación. En la fe cristiana, si no estamos reconciliados estamos faltando a la alianza de amor que Dios establece con nosotros. La palabra reconciliación tiene que ver con esta otra: misericordia. La reconciliación no solo es una declaración del perdón divino que recibimos de Dios al acudir al sacramento del perdón de los pecados; si no estamos en paz con nuestros hermanos, en vano acudimos a este momento de gracia. Desgraciadamente, el sacramento de la reconciliación es tomado por una inmensa mayoría como un recurso para sentirse bien, solo para no tener cargos de conciencia, para que alguien autorizado les diga que todo está bien, que no hay de qué preocuparse; sin embargo, no están dispuestos ni a pedir perdón, ni a perdonar, ni a estar en paz con el mundo, con la gente, con sus amigos o enemigos. El perdón divino es el que les importa, así ellos evaden el encuentro con el otro. No superan una adversidad, se contentan con lo que consideran religioso y lo verdaderamente religioso lo dejan de lado; no saben que ambas cosas deben unirse. No se puede separar fe y vida. Algo estará faltando.

La disociación entre fe y vida trae un gran vacío espiritual. ¿Cómo conciliar la fe y la vida? Tal vez por esta frontera interpuesta entre las obras y las creencias muchos no maduramos en la fe. Recurrimos al elemento casi “mágico” del sacramento y descuidamos el elemento sobrenatural del mismo.

No amigos. El sacramento de la reconciliación no es mágico. Es preciso establecer la paz. De hecho el pasaje que leemos no dice: “si recuerdas que tienes algo contra tu hermano”, sino “si tu hermano tiene algo contra ti”; acaso este pasaje sea más exacto de acuerdo con el pensar de Jesús. Recordemos que él dijo también que es preciso orar por nuestros enemigos (Mt 5, 44), es decir, por los que tienen algo en nuestra contra. Esto entronca perfectamente con el perdón a los enemigos. En efecto, si nosotros estamos incómodos con alguien, el proceso adecuado es disculparnos; si, por el contrario, alguien tiene algo en nuestra contra, el proceso adecuado es el perdón, es el perdonar. Así se logra la paz, o por lo menos se intenta.

¿Cuántas veces nuestra falta de disposición hace imposible una reconciliación que solo necesitaba un par de palabras? A veces no permitimos a los demás, ni nos permitimos a nosotros mismos, un momento para la paz. Siempre creemos tener la razón o nos aferramos testarudamente a nuestros principios y no nos abrimos al verdadero diálogo, no nos arriesgamos a mirarnos con amor.

Amor es lo único que se necesita. De hecho, Jesús hubiera podido formular esta enseñanza de la manera siguiente: “si estás de pie junto al altar y ahí mismo recuerdas que te falta amor con algún hermano o si algún hermano ha dejado de amarte, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a restablecer el amor, luego regresa y ofrece”.

En realidad lo único que necesitamos para reconciliarnos con quienes nos han ofendido o con quienes hemos dañado, es amor. El amor lo es todo. Como vemos, todo parte de ahí. Recordemos que Jesús dice estas palabras dentro de un marco (establecido por san Mateo en su evangelio) que es la Ley, la Alianza; Jesús no ha venido a quitar, ni a suprimir la Ley de Dios, sino a enseñar cómo se debe de cumplir esta; y la Ley divina comienza con el mandamiento del amor a Dios, y seguido de esto, del amor hacia nuestro prójimo. Si nos es difícil perdonar es porque nos falta amor, nos falta Dios en nuestro corazón, “porque Dios es amor” (1Jn 4, 8). Contamos con el amor del ardiente corazón de Jesús, pero no siempre nos dejamos incendiar por él.

Artículo escrito por el Padre Pacco Magaña. (Asesor Diocesano de la Archicofradía de la Guardia de Honor del Sagrado Corazón de Jesús. SLP)

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