• 07/12/2021

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Cicatrices

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Cicatrices

Cicatrices
Pacco Magaña

Que si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, les perdonará también a ustedes su Padre celestial; pero si no perdonan a los hombres, tampoco su Padre perdonará sus ofensas (Mt 6, 14-15).

Perdonar es el quitar del corazón las ataduras, es curar heridas. Cuando alguien no perdona las ofensas de los demás vive con cierta amargura, el alma se endurece. Vivir con ira es vivir con veneno. Debemos aprender a pasar por alto algunas cosas que molestan o molestaron en el pasado y que ahora no nos dejan el alma tranquila. Porque, ¿para qué guardar en el corazón, que fue hecho para amar, rabia feroz? Es increíble cómo usamos tan poco la memoria, esta gran facultad de los seres humanos; recordamos muchísimas cosas, otras las olvidamos. A veces recordamos lo que nos es inútil, pero a otras también recordamos cosas que nos dañan. Si nuestra memoria la utilizáramos más en cosas importantes, seríamos todos unos verdaderos genios. Pero no ocurre así. Pasamos mucho tiempo de nuestras vidas recordando los agravios, las cosas que nos hacen sufrir, aquello que no nos trae la paz.

Si preguntamos a algún estudiante de nuestros días acerca del aprovechamiento que ha tenido en la escuela, nos dice bien poco, pero si le preguntamos acerca de las cosas que odia, quizá nos diga demasiado. Y es que parece que las cosas buenas pasan sin que podamos recordarlas, pero las cosas que nos lastiman dejan su huella en nuestras almas, imprimen carácter, son heridas que dejan cicatrices difíciles de curar, en cambio las cosas bellas, al ser caricias en el alma, pueden olvidarse después de sentirlas.

En efecto, comparemos las cosas buenas con caricias. Uno es colmado de cariño, desde la más remota infancia y las caricias son algo que se disfruta mientras son recibidas; lo mismo dígase de los buenos consejos que recibimos, las palabras de amor que tan a menudo escuchamos; son cosas bellas, se siente bien recibirlas, sentirlas, escucharlas, pero al parecer no dejan ninguna marca en nuestra alma ni en nuestro cuerpo; llegan, se sienten y se van.

Por otro lado, los golpes, las heridas, los malos tratos, las ofensas, los gritos, y otras cosas, que no son caricia, se sienten, molestan, lastiman, hieren, en fin, hacen sufrir; las sentimos y no las deseamos, porque no son agradables; las heridas nos dejan horribles cicatrices, manchas, costras, a veces se infectan y hay que aplicarles tratamientos especiales, primeros auxilios, enfermería, medicina, cuidados, para sanarlas; pero al sanar algo queda de aquellas cosas: las heridas sanadas dejan su marca en nosotros, y son muy visibles, y cada que las vemos o sentimos recordamos que nos hicieron miserables algún tiempo o en algún momento dado. No queremos que nos vuelvan a ocurrir, porque no se sienten, en su momento, plácidas, y porque nos dejan una huella, quizás imborrable. Estas son cosas que llegan, se sienten terriblemente y se van, pero no del todo.

Sin embargo, pensemos en algún momento doloroso, como un accidente al que sobrevivimos, una enfermedad que nos postró por semanas o meses, un golpe recibido, alguna herida; finalmente aquellas cosas sanaron en nuestro cuerpo, y, aun recordando que en el pasado todo aquello nos dolió, sería absurdo sufrir ahora, que ya no se supone que duelan, y también sería doblemente absurdo sentirnos igual de abatidos que en el tiempo pasado. Esto normalmente no ocurre. Pero aun hay quienes, acaso dependiendo de la gravedad del mal sufrido, cuando miran sus cicatrices o las marcas de las heridas del pasado, o cuando recuerdan que sufrieron esta o aquella afección, sufren igual, como si en el presente estuviera ocurriendo aquello mismo.

Puede resultar absurdo sentirse tristes por algo que ahora ya no duele, pero, amigos: esto puede ocurrir, hay heridas que sanan en el cuerpo, pero siguen doliendo en el alma. Esto es cierto. Alguien sufre un mal mayúsculo, perdiendo alguno de sus miembros y seguirá sufriendo, no un dolor físico, pero sí una discapacidad, una atrofia, una carencia; uno deberá aprender a vivir, recordando tristemente que antes tenía dos piernas, dos brazos, veinte dedos dos ojos, un rostro; es comprensible que se siga sufriendo y que acaso nunca se llegue a superar aquella adversidad que no debió haber pasado. Y duele, pero diferente. El dolor físico puede ser muy desagradable y siempre será indeseable, pero el dolor anímico a veces nunca se va. Esto es la vida.

Sin embargo uno debe esforzarse por continuar, pues ese cuerpo lastimado resucitará glorioso con el poder de Jesús; lo recuperaremos en su integridad, en su totalidad y multiplicado. La resurrección es un hecho. Ahora usaremos bastón, gafas, aparatos auditivos, piezas biónicas, pero son accesorias, son herramientas; cosas que no necesitaremos en la resurrección, en el grandioso día de la Misericordia de nuestro Dios.

Y así, hay también quienes olvidan la infinidad de caricias, de palabras buenas, de muestras de afecto, de besos, de amor, quizá porque no dolieron, quizá porque no dejaron marcas indelebles en nuestro cuerpo, ni en nuestra alma. Sin embargo, se disfrutaron, fueron don, regalo del cielo, de la vida. Deberíamos recordar con ternura todas aquellas cosas que llegan y son suavidad. Estamos hechos para el amor; solo los seres humanos lo sabemos, lo vivimos, aunque nunca lo comprendemos en su totalidad; no en esta vida.

En cambio, recordamos cada mal trato, cada ofensa, cada golpe, ofensa, traición, maldad, agravio. Lo recordamos demasiado, le concedemos demasiada importancia; acaso recordamos más estas cosas porque lastimaron y dejaron su marca feroz en nuestro cuerpo o en nuestro corazón; esto no se cura fácilmente, se necesita de lo sobrenatural; necesitamos aprender cosas sobrenaturales, como el perdón.

El perdón no es de este mundo, viene de arriba. Debemos aprender a perdonar todo, el presente y el pasado. Debemos aprender a vivir con todo y las heridas; permitirnos haber sufrido un poco, tener misericordia con nosotros mismos; necesitamos tanto del perdón.

Cuando Jesús curaba enfermos les decía: “tus pecados te son perdonados”, lo cual puede significar que el perdón y la salud son la misma cosa; lo que necesita un enfermo para curarse es el perdón. Esto significa que el mal terminará por irse, pero con el perdón también se irán las secuelas del mismo: las marcas, las huellas que el dolor deja en el alma.

Las ofensas son terribles, nos hacen pasar malos ratos, pero son solo eso: ratos; ¿por qué permitir que estos pequeños momentos sobrevivan demasiado en nuestra memoria y en nuestro corazón? ¿Por qué permitir que sigan doliendo, si son cosas pasajeras? ¿Por qué no podemos perdonar y al mismo tiempo perdonarnos para sanar el alma?

El no perdonar es no practicar la misericordia y es también dejarle la puerta abierta al dolor. No se puede vivir así. El perdón libera, suelta las ataduras del alma; la misericordia es un excelente ungüento para sanar las cicatrices del alma. ¡Necesitamos tanto del perdón divino!, pero necesitamos más abrirle las puertas y ventanas a ese amor que perdona; y estas puertas y ventanas son la misericordia que necesitamos no solo pedir, sino otorgar.

Disfrutemos de la vida, de las cosas bellas que ella trae consigo; gocemos las caricias de la vida y ¿por qué no? También de las marcas que a veces nos deja el dolor pasado; ellas significan que hemos vivido, más que eso: significan que hemos sobrevivido, que los males pasados no pudieron exterminarnos; significa más: que, habiendo perdonado las ofensas, no solo hemos vivido y sobrevivido, sino que habremos de resucitar, lo cual es más que vivir; es vivir al máximo, vivir por siempre, vivir felices. Para esto fuimos hechos y nadie es ni será feliz si no perdona. El perdón recibido alegra el alma; el perdón otorgado, la salva.

 

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