• 21/09/2021

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Cargar la Cruz

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Cargar la Cruz:

Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? Pues ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles” (Mc 8, 34-38).

Jesús reprendió a Simón Pedro por haberlo intentado hacer desistir de su camino de muerte y resurrección y en seguida habló a todos los discípulos, para exhortarles a una práctica dura, extrema. Les quiso hacer ver que seguirlo a él significa correr su misma suerte. Lo que el Maestro enseña lo aprenden los discípulos; lo que el Maestro hace lo hacen también los discípulos. Cargar la cruz significa morir con Jesucristo; dar la vida como él la da; resucitar con él.

Pero los discípulos no estaban preparados para enfrentar verdades tan grandes; no comprendían del todo a su maestro; ¿estarían dispuestos a morir como él? Aquí ya no se trata solamente de enseñanzas, aquí se trata no solo de aprender doctrinas, ahora las cosas han cambiado de rumbo; Jesús se dirige a dar la vida, a cumplir la voluntad del Padre, a llevar a término la obra de la resurrección, a realizar aquello a lo que vino al mundo.

Cargar la cruz. Negarse a sí mismos, estar dispuestos a lo que el maestro pida. El verdadero discípulo de Jesucristo es el que imita al maestro en absolutamente todo. La tarea de un discípulo es la de asemejarse en todo lo posible al maestro; y ahora este maestro bueno deja de enseñar con las palabras para hacerlo con el ejemplo.

Pero, ¿qué es cargar la cruz? ¿Qué significan estas palabras? Se trata de estar enterados que seguir a Jesús es entregarle su vida. Cargar la cruz es tener claro y aceptar que seguir a Jesús significa estar condenado a muerte. Los discípulos no lo entendían ni un poquito. Ellos estaban fascinados con la idea de un Mesías redentor que liberase a todo el pueblo judío de la dominación romana y también estaban a la espera de la caída de Herodes, aquel sanguinario monarca de Galilea; los discípulos querían la restauración del pueblo, deseaban y esperaban que el prometido y esperado Mesías derrocara todas las condiciones humillantes para dar paso a una era de paz y de glorioso poderío. Recuerdo que la madre de Santiago y Juan fueron a pedirle que los colocara a su derecha e izquierda en su reino, hay que pensar que ellos se referían al esperado reino temporal del Mesías. Quizás ellos esperaban ver que Jesús reinara durante mil años, por muchos siglos. Tal vez por estas ideas fue que Simón Pedro le llamó aparte antes para decirle que eso de que el Mesías debía ser rechazado y morir no le podía pasar a él; si Jesús era el Mesías, evidentemente eso estaba muy lejos de ocurrirle. Quizá confiados en la inmortalidad del Mesías ellos lo seguían a todas partes y se sentían seguros con él. Si eran amigos del Cristo de Dios, entonces se consideraban protegidos celestialmente.

Pero el mesianismo de Jesús era muy diferente a lo que ellos tenían preconcebido; el reinado de Jesucristo y el reinado que ellos se imaginaban eran totalmente opuestos. Jesús nunca les habló de dominio, de hacer la guerra, de ahuyentar y desterrar a los opositores del reino, mucho menos de exterminarlos. Lo que les predicaba era amor, paz, perdón, mansedumbre, misericordia. Y aun con eso no entendían aquello de que hablaba su maestro. Ellos esperaban reinar con él y gobernar a las doce tribus de Israel con cetro de hierro.

Y Jesús a menudo quería hacerles caer en la cuenta que su reinado era de otra naturaleza; quizá por eso les preguntó antes si sabían lo que la gente andaba diciendo de él; quizá por eso se fue a fondo y les preguntó a ellos quién decían ellos mismos que él era; y, al expresar con tanta seguridad Simón Pedro su fe en él, al confesar Simón Pedro que él estaba seguro de que Jesús era el mesías, nuestro Señor abiertamente les manifestó en qué consistía su mesianismo.

Y les habló de las cosas del cielo, les dijo que el plan de Dios, que la obra de la salvación, tenía que ver con cuestiones de muerte, pero también de resurrección; pero ellos no estaban quizá dispuestos a renunciar a su reino fantástico, a su reino temporal, a sus ideas infantiles de cuentos de princesas, príncipes y reyes; ellos querían reinar; gobernar cada uno una tribu; aspiraban a otra gloria, a una vida estable, pero no duradera. Y parecían no hacer caso a Jesús cuando este les hablaba de la vida eterna, de que la vida verdadera era muchísimo más que esta.

En efecto, los discípulos no entendían la vida como la entendía Jesús, puesto que la única vida que conocían era esta, y los únicos reinos que conocían eran los de opresión, los de servidumbre, los de glorias bélicas los de trompetas y banderas. Tenían cierta razón en estar equivocados; pues así habían aprendido que era la vida; y ahora que Jesús estaba con ellos, y ahora que sabían que él era el Mesáis, ya todo estaba bajo control; ya se terminaba la tiranía de Herodes, del César, de Pilatos, de las autoridades judías. Ahora estaba llegando el reino de los cielos, y precisamente se inauguraba con este amigo suyo que los había escogido para estar con él y reinar.

Jesús tuvo que seguir preparándolos para sus momentos de gloria, para que estuviesen preparados a ver cómo es el reinado de Dios; y reitera, ante todos los que en aquel momento lo están siguiendo, aquello que dijo solamente a los discípulos cercanos: que hay que dar la vida y que esto comenzaba por él mismo; y enseñarles que si querían reinar con él debían subir a la cruz, de la misma manera que lo haría él.

Ahora les abría los ojos, o por lo menos eso intentaba; ahora les hacía saber que esta vida no es definitiva, que no hay que luchar para ganar esta vida pasajera; que se trata de otra: la vida eterna. Ahora les enseña que esta vida de paso es solamente instrumento para alcanzar la otra que él promete, aquella vida de la que él les habla, aquella vida que se sustenta por las manos del Padre.

Y ellos escuchan, pero quizá siguen pensando en reinos de polvo, de arena, de castillos. Él insistirá en que no hay que asegurarse para esta vida porque se desvinculan de la hermosura de la vida eterna y verdadera.

Y él sigue insistiendo: hay que dar la vida. Hay que renunciar a esta vida para obtener la otra. Que hay que saberse hombres muertos desde ahora, para no temer perder esta vida breve; que esto les abrirá las puertas para vivir con él. Que el seguimiento ahora tiene que ver con una pesada cruz. Que hay que renunciar a sí mismos; a ideales, a ambiciones, a comodidades, a buenas pasadas. Que hay que desinstalarse.

Negarse a sí mismos. Eso es. La abnegación por el reino de los cielos es lo que hace falta: hay que escoger el cielo o la tierra, pero no ambas cosas. Si esperamos el reino de los cielos debemos estar dispuestos a perder los reinos de la tierra; que hay que ser indiferentes a las riquezas, a los goces de esta vida pasajera para entrar en la dulzura de las manos del Padre. Pues quien quiera salvar su vida a perderá, pero el que la pierda por el reino, ese la conservará. Y esto lo entendieron los apóstoles hasta que Jesús murió en la cruz y hasta que resucitó. Y lo pusieron en práctica cuando el Espíritu Santo los visitó y les recordó todas las enseñanzas de su maestro y los lanzó a dar la vida.

Artículo escrito por el padre Pacco.

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