• 21/09/2021

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Ante el Sagrario

Ante el Sagrario

Por: GDH Taide Leticia Martínez Montiel

Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras día, hasta el fin del mundo.”

Mt 28, 20

Con estas palabras se despedía Nuestro Señor Jesús de los once discípulos, momentos antes de su Ascensión al cielo, fue en el monte que eligió para volver a verlos, despedirse y darles su misión universal: “hacer discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que Él les ha mandado”, Mt 28 19-20. Y es entonces que les hace saber esta certeza en la que hoy pondremos especial atención: “yo estaré con ustedes día tras día, hasta el fin del mundo” Ibid. Y hasta el día de hoy sus palabras han sido cumplidas; Jesús, Nuestro Señor, está día a día con nosotros, se nos da como pan en la Comunión en la Santa Misa, “Pan vivo bajado del cielo”, como lo hemos estado meditando en estas semanas, también está día a día con nosotros en el sagrario “prisionero de amor” −como decía San Gerardo Mayela−, jamás nos ha faltado su presencia real.

Ahí en ese monte, fue especial para él y sus discípulos, tan especial que al verlo “lo adoraron” cita el mismo evangelio, y esta es la actitud que también debemos de tener nosotros sus fieles, sus hijos, hermanos, amigos, sacerdotes, según la cercanía que cada quien sienta con Él. Y es qué ¿qué más podríamos hacer sabiendo que el Hijo de Dios está oculto en la Sagrada Eucaristía?, ¿no es como para fijar nuestros ojos y nuestro corazón en ese Tabernáculo de amor? Y esperar a que nos abra y poder abrazarlo, arrojarnos a sus pies, amarle, adorarle, como sus discípulos, y como tantos santos que a través de la historia lo han hecho, poner la mente, el corazón y todo su ser como un imán frente al Sagrario, sin quererse despegar jamás del amado: Jesús, el Hijo Dios, salvador nuestro.

Acerca de esto San Juan Pablo II nos dice en la Carta Dominicae Cenae, 3: “La iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración”.

El Catecismo de nuestra Iglesia Católica es su numeral 898, nos dice lo siguiente: “Tributen los fieles la máxima veneración a la santísima Eucaristía, tomando parte activa en la celebración del Sacrificio augustísimo, recibiendo este sacramento frecuentemente y con mucha devoción, y dándole culto con suma adoración; los pastores de almas, al exponer la doctrina sobre este sacramento, inculquen diligentemente a los fieles esta obligación.”

Muchas son las citas y documentos de nuestra Iglesia Católica que se han dedicado −con meditaciones bellísimas− para instruirnos y animarnos en el amor y adoración que hemos de tener a nuestro Señor oculto en el Sacramento de su amor: la Sagrada Eucaristía.

Muchas veces leemos nuestra Biblia y nos maravillamos leyendo a grandes patriarcas como Abraham, Jabob, Moisés, el Rey David, todos grandes en su fe, confianza, amor y adoración a Dios; en la Santa Misa escuchamos las homilías y explicaciones de nuestros sacerdotes hablándonos de Jesús, de sus discípulos, sus apóstoles, San Juan el discípulo amado que recostó su cabeza sobre el pecho del Salvador, María que perfumó los pies de Jesús, el mismo Jesús dando a conocer que Él es el pan bajado del cielo Jn 6, 41, y nos maravilla escuchar todo esto, y al finalizar la Santa Misa, se nos da la bendición, y a salir de la Iglesia, sin recordar que Jesús está ahí en nuestra parroquia, “esperándonos, llamándonos, recibiéndonos” como decía San Alfonso de Ligorio.

Y es que creer que Jesús está ahí en el Sagrario reservado en la figura de esta “Hostia Santa”, es el acto de fe más grande que debemos tener, pues oculto está a nuestros sentidos, como decía Santo Tomás de Aquino: que bajo estas sagradas especies te ocultas verdaderamente. En la misma cita del evangelio de Mateo 28, encontramos una línea muy triste, en la misma línea en que dice que lo adoraron y es lo siguiente: “si bien algunos dudaron”, y es triste porque si nos ponemos a recordar de las cosas que más reclamaba nuestro Señor a la gente que lo seguía e incluso muchas veces a los mismos discípulos era precisamente su falta de fe, pero ese es otro tema, retomemos el nuestro: “Y estén seguros que yo estaré con ustedes día tras día, hasta el fin del mundo” , bien nos lo dijo en Mateo 24, 35: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán, porque nuestro Señor es fiel y cumple sus promesas, no ha habido un solo día que nos falte en el mundo entero su Cuerpo y su Sangre, su Corazón palpita en la Sagrada Eucaristía para nuestra mayor dicha.

Bueno he mencionado a grandes Patriarcas y santos varones durante este escrito, ahora quisiera mencionar a una santa, virgen, monja de la Orden de la Visitación de Santa María: Santa Margarita María Alacoque, Apóstol del Sagrado Corazón de Jesús, una enamorada de Jesús Eucaristía, que pasaba horas y horas frente al Sagrario, y es precisamente por eso que la quiero mencionar, porque si de algo nos favorece conocer la vida de los santos es para aprender de ellos el amor a Cristo, y en este caso también el aprender a adorarle, dos consejos de ella para estar frente a Jesús Eucaristía, tomados de sus escritos provenientes del Cuadernillo que se llama Orar con Santa Margarita María, cuenta con la debida licencia eclesiástica:

  1. ¿No puedes hacer nada en la oración? Conténtate con ofrecer la que el salvador hace por nosotros en la Eucaristía, ofreciendo sus ardores para reparar nuestras tibiezas.

  2. Para honrar a Jesús solitario en el Santísimo Sacramento y el perpetuo silencio que allí guarda, tengamos todos los sentidos interiores y exteriores en profundo silencio y soledad en su divino Corazón.

Finalizo con la revelación privada y autorizada por la Iglesia que nuestro Señor le hace a esta gran santa:

Tengo sed, pero una sed tan ardiente de ser amado por los hombres en el Santísimo Sacramento, que esta sed me consume y no encuentro a nadie que se esfuerce por saciarla para corresponder en algún modo a mi amor”.