Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Amarás a tu prójimo como a ti mismo

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La palabra “Prójimo”, en nuestros días, nos hace pensar en la humanidad entera, en los hombres y mujeres del mundo; al pronunciar esta palabra parecemos referirnos a los demás como a nuestros iguales; y, en efecto, hablando en términos puramente sociales parece que es correcta esta noción, sin embargo, en el contexto bíblico parece tener otra significación.

El prójimo es el extraño, el extranjero, el que no ha sido escogido por el buen Dios como su propiedad. Prójimo, para el judío de tiempos desde Moisés hasta Jesús, es aquel a quien encontrarán en la tierra prometida y fuera de ella. Prójimo no es cualquier ser humano. Son aquellos con los que el pueblo de Israel tendrá que convivir, vivir en paz. Prójimo es lo opuesto a judío, al elegido. Encontramos algunas coincidencias con este hecho desde el tiempo del desierto, al salir de Egipto, hasta los ejemplos de Jesús, como el del buen samaritano.

Cualquiera podría pensar que cuando se habla de prójimo se trata de cualquier hombre de cualquier condición, pero no se refiere a esto el concepto. Así que, en primer lugar están los hijos, en segundo los prójimos. Ninguno del pueblo de Israel puede ser considerado su prójimo. Esto está reservado a los extraños, aunque no a todos.

En efecto, los judíos, al llegar a la tierra prometida por Dios, entrarían en contacto con una multitud de pueblos, entre los cuales habría enemigos y al mismo tiempo habría prójimos. Enemigos serán los pueblos idolatras, los que adoran dioses extraños, con los cuales, el pueblo judío deberá mantener relación, irremediablemente, pero que tratará de hacerlo en paz, por otro lado están los que de ninguna manera habrá que aceptar, ni relacionarse con ellos. Aquí cabe una inmensa lista, los enemigos serán los filisteos, los adoradores de Baal, de Astarté, los romanos, y otros pueblos. Serán enemigos hasta que sean sometidos por el pueblo glorioso de Israel, la nación escogida y consagrada por Dios, a quien Él llama: mi Hijo.

Y los pueblos con los que Israel lleva una vida de respeto, tolerancia, paz, serán considerados prójimo. En resumen, los pueblos de cualquier origen y nación que lleven relaciones de paz con Israel serán prójimos, los que no puedan tratar serán considerados enemigos.

Jesús relata la hermosa historia del “buen samaritano” a un escriba que le preguntó acerca del mandamiento más importante de la Ley, luego que Jesús dijera el primer mandamiento y diera uno segundo en importancia: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, aquel escriba le pregunta acerca de quién es el prójimo. Es interesante esta pregunta que hace el escriba, puesto que nos damos cuenta de que este pueblo judío no cumplía con el segundo mandamiento más importante, por no saber a quién se refiere. Así que, quizá solamente en el Antiguo Testamento se pueda entender este concepto. De la misma manera que aquel escriba no sabía quién es el prójimo, seguramente la inmensa mayoría de los hijos de Israel ignoraba este asunto y por tanto dejaba de cumplir la Ley. Para el judío solamente existía el hermano y el enemigo. El hermano era el judío y el enemigo era todo aquel que no era judío. Pero el prójimo era un misterio; un misterio para el pueblo judío en general, mas no para el Señor. Y los escribas y los fariseos enseñaban todos los sábados en las sinagogas acerca de la Torá y los Profetas; pero rara vez abordaban el problema del prójimo. Quizá no exista el término con claridad en los libros del Antiguo Testamento, así definido; sin embargo hay demasiadas alusiones que nos llevan a conocer en más profundidad este término raro en verdad. Porque nosotros conocemos términos diversos y sus significados. Y diferenciamos los modos de relación que establecemos con distintas personas: los llamamos amigos, compañeros, colegas, conocidos, familia, paisano, compatriota, novio, esposo, esposa, madre, tío, vecino, extranjero, extraño, enemigo, adversario, amante, camarada; y los designamos también con otros nombres según la relación que se guarde.

Pero en todas estas no cabe la noción de prójimo. Es demasiado rara y difícil de explicar. Sin embargo hay datos interesantes para meditar acerca de esto en todo el Antiguo Testamento, sobre todo en el tiempo del desierto. Allá les decía Dios a los israelitas por medio de Moisés: cuando llegues a la tierra que yo Yavhé tu Dios te voy a dar, acuérdate Israel que fuiste esclavo en Egipto. No hagas esto, eso y aquello a tu hermano. No hagas esto al extranjero que viva en tu tierra.

Pero el prójimo no es nuestro semejante, como la costumbre nos lo ha enseñado. El prójimo es lo contrario a nosotros, pero sin ser nuestro enemigo. El judío no se siente semejante de nadie más que de sus hermanos de pueblo y acaso de los convertidos a su religión (hasta cierto punto). El enemigo no es prójimo, es el adversario, por tal no cualquiera puede ser considerado prójimo en el sentido de “nuestro semejante”; el enemigo es otra cosa, a ese no se le debe amor –según los judíos–. Con ellos no obliga la Ley, al contrario, hay que odiarlos, tenerlos a raya; ellos jamás serán considerados ni prójimo, ni hermano, ni semejante. Ellos son enemigos, aquellos a los que hay que odiar y exterminar.

Si prójimo fuera el semejante, entonces habría que amar incluso a los que nos dañan, y eso sería imposible; aunque Jesús enseñará más tarde que esto debe hacerse, para lograr ser extraordinarios y distinguirse de los demás hombres. Hay que leer y entender bien en su contexto la enseñanza del Levítico (19, 18): “no seas aprovechado de tu prójimo, ni le guardes rencor; ama a tu prójimo como a ti mismo”. De hecho, en las tablas de la Ley, en el Decálogo, hay varios mandamientos que tienen que ver con el prójimo: no desearás la mujer de tu prójimo, ni sus cosas, ni sus animales, ni sus bienes; no levantarás falso testimonio contra tu prójimo. Puede, entonces, entenderse la palabra prójimo como algo o alguien cercano, vecino, pero no es suficiente; cercanos también son nuestros enemigos o los que nos hacen el mal, lo mismo que los que nos hacen el bien.

Con Jesucristo la palabra prójimo adquiere un significado radicalmente renovado, puesto que, bien entendido el concepto, prójimo es quien está en nuestro entorno y que no es enemigo y tampoco es hijo de Israel, solamente eso. Con Jesucristo, prójimo viene a ser el que nos hace el bien, aquella persona (no se sabe si solamente el extranjero) que nos ayuda a superar las adversidades. En la parábola del buen samaritano, para explicarle al escriba quién es su prójimo, Jesús le habla de un extranjero (además samaritano, enemigo) que se decide a socorrer a un hombre en necesidad, y al terminar su historia Jesús le hace esta pregunta al escriba: ¿quién se portó como prójimo del hombre asaltado? A lo cual el escriba contesta: el que tuvo compasión de él. Y Jesús replica: anda a hacer tú lo mismo que él.

Este texto es muy revelador, por un lado declara que el que se portó como prójimo es el que tuvo misericordia del judío. Así que ser prójimo o portarse como prójimo significa hacer el bien; de lo cual podemos deducir que amarás al prójimo como a ti mismo se puede traducir: amarás a quien te hace el bien. Por otro lado, en la conclusión que hace Jesús a este punto, dice al escriba: anda a hacer lo mismo que él, es decir, que si bien hay que amar a quien nos hace el bien, hay que ir más allá: hay que convertirse en prójimo de los demás, hacer lo mismo, convertirse en prójimo, para ser amados.

Si queremos sacar conclusiones deberemos ir hasta las últimas consecuencias, pensar: ¿quién es el prójimo?, en realidad ¿quién es? Concluimos que Jesucristo se hizo prójimo, puesto que él actuó como el buen samaritano, que vino a ayudar a los que estábamos desamparados, él se hizo cercano, no fue indiferente a las necesidades de ninguno; él, durante su paso entre nosotros hizo el bien a todos, hijos de Israel e hijos de otros pueblos, porque su corazón sagrado es misericordioso. Por otro lado él dio su vida en rescate por todos, eso lo hace el prójimo perfecto, de tal suerte que si vamos al extremo deberemos concluir que “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, además de significar el amor a quien nos hace el bien, es el amor a quien nos hace el bien mayor. Este mandamiento sigue siendo el primero, pero con referencia a los demás. Amarás a tu prójimo como a ti mismo sigue significando “amaras a Dios sobre todas las cosas”, pero en obras concretas. Recordemos a Jesús en su enseñanza acerca del juicio, según dice en el evangelio de san Mateo: “me vieron hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber”, etc.; es decir, me vieron de prójimo necesitado y me tendieron la mano; cuando le preguntaren cuando fue eso, cuando lo hicimos, dice Jesús, les responderá el Hijo del Hombre: “cuando lo hicieron con cualquiera de aquellos más insignificantes, conmigo lo hicieron”.

Prójimo tiene que ver con el amor, pero con el amor en acción. Prójimo es dos cosas, es decir, tiene dos implicaciones: amar a quien nos hace el bien y hacer el bien. Y es que esto tiene que ver con algo más importante aún: “para que los otros pueblos se den cuenta de que aquí hay un Dios justo y fiel”. El mismo Jesús declara esto con parecidas palabras: “para que los demás hombres (el prójimo) viendo las buenas obras que ustedes hacen, también den gloria al Padre que está en los cielos”.

Efectivamente, todos los mudamientos del decálogo son normas que tienen dos objetivos finales: la gloria de Dios y el éxito del Pueblo de Dios. Estas leyes fueron escritas y dadas a Israel para que las aplicara al llegar a la tierra que daría el Señor una vez que ellos tuvieran la Alianza afianzada y la conciencia de pertenencia a Yahvé. Esto es lo que la Ley de Moisés declara, siempre que se citan las tablas de la Ley: “para que al llegar a la tierra que tu Dios te va a dar…, escucha Israel”.

Este concepto sigue siendo complejo. No es sencillo. En este concepto se basa la Ley, la Torá. Prójimo no es cualquiera. Pero puede serlo. Alguien se convierte en prójimo cuando le hacemos el bien. Nosotros nos convertimos en prójimo cuando hacemos el bien, así que la tarea siempre será a este respecto: ser prójimo, amar al prójimo.

El Padre Pacco Magaña es sacerdote de la GdH del Sagrado Corazón en SLP, Mexico.

 

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