• 06/10/2022

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Padre Nuestro

Blog del Sagrado Corazón de Jesús: Padre Nuestro
(segunda parte)
Pacco Magaña

“Ustedes, pues, oren así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra como en el cielo. Nuestro pan cotidiano dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores; y no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal” (Mt 6, 9-13).

Quizás el acento más agudo lo aplica Jesús en la siguiente frase: perdona nuestras deudas como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores, pues, al final de esta breve oración, Jesús continúa con una enseñanza a este respectó, a saber: que el perdón divino no ocurre sin el nuestro; que al pedir misericordia debemos practicarla en primer lugar nosotros.

Pero, ¡qué difícil es perdonar las deudas y las ofensas! Y lo es porque los hombres nos negamos constantemente a ser más espirituales, a aspirar a los bienes de lo alto. No perdonar las ofensas nos convierte a todos en seres muy bajos, demasiado pobres. Y es que el perdón de las deudas o de las ofensas, revela la grandeza y la riqueza de un hombre. En efecto, si yo perdono las deudas es porque me doy cuenta que, aquel que me debe, ciertamente necesita más que yo y, en consecuencia, yo soy más rico que él; si uno necesita menos, ¿por qué aferrarse a retener y a cobrar?

En muchos pueblos de la antigüedad, lo mismo que hoy, había prestamistas, aquellos que, teniendo más que otros, acumulaban riquezas debido a que prestaban con intereses, y a veces demasiado altos, y además no regulados por ninguna ley hacendaria. En muchos lugares bíblicos encontramos sentencias que reprueban esta costumbre, pues significa poner una carga muchísimo más pesada al necesitado. Si alguien pide a un prestamista es efectivamente porque su capacidad económica es débil o nula; al pedir se ve en una necesidad mayor, porque ahora no solo no tiene suficiente, sino que, al gastar lo que ha conseguido (normalmente por una necesidad urgente) se verá obligado a pagar aquella cantidad que recibió más los intereses que se hayan negociado. Aquel que pide queda totalmente vendido a la inmisericorde cobranza del prestador malvado.

La usura es una práctica despreciable, pues el dinero, los bienes que alguien posee, no han sido dados para esto, sino para sobrevivir, vivir y ser feliz, y Jesús enseña que los bienes son para usarlos y hacer el bien. El que presta no invierte en dinero, porque eso es lo que presta, lo tiene, él invierte en personas, en deudores; él usa el dinero para empobrecer a otros, aparentando hacer el bien. Se aprovecha de los bienes que él sí tiene y de los recursos que no tiene quien acude a él.

Jesús, más adelante seguiremos meditando, enseña que no hay que prestar con usura, al contrario, él enseña que al que pide hay que darle, no prestarle; que a quien se quiera llevar lo nuestro no se lo reclamemos. Varios profetas, a su vez, detectando la maldad de estas prácticas denuncian gravemente esto, sobre todo a los que se aprovechan de quienes no tienen ningún respaldo, como los huérfanos y las viudas.

El dinero, decía Jesús es fuente de muchas cosas graves, dice que el dinero está plagado de injusticias. Y aconseja que lo usemos para ayudar a los demás, para ganarnos amigos que nos reciban en el cielo cuando hayamos muerto.

De hecho, Jesús aconseja también que el dinero es para darlo a quien lo necesite, que incluso hay que darlo generosas y ciegamente, que esto trae consigo tesoros del cielo.

Alguna vez, lo recordamos todos, dijo Jesús a un hombre que desde su juventud había sido justo en cuanto al cumplimiento de la Ley de Dios, que, si quería ser perfecto, diera a los pobres todo su haber y poseer, que entonces tendría un tesoro en el cielo y sería libre para seguirlo; pero el hombre se retiró demasiado triste porque tenía muchos bienes.

El tesoro en el cielo es lo que importa; tener bienes o no tenerlos no hace ni rico ni pobre a alguien; lo que lo enriquece es el desapego de lo suyo, pues, entre más apego se tenga a los bienes, se es menos libre y menos feliz; el que carece, sufre, pero el que posee sufre más, porque el dinero no es la dicha ni la riqueza.

Dar es mejor que recibir. Los pobres, cuando se ayudan entre sí, lo saben; no se empobrecen más, al contrario, al poder dar son dichosos, para eso hemos venido al mundo. Los ricos que son egoístas, en realidad son pobres; tanto lo son que, por prestar de lo suyo necesitan cobrar, lo cual es signo de que necesitan más; ellos, los ricos egoístas, temen perder lo que tienen, lo que han acumulado, no ganado; ganar dinero lo hace quien trabaja; y prestar no es trabajar. Gran castigo huelo para estos mequetrefes que obtienen dinero sin trabajar, sin esfuerzo, al contrario, con el esfuerzo y trabajo de los más pobres. Aprovecharse de la miseria ajena debe traer consigo un gran castigo.

No perdonar las ofensas es algo parecido. Cuando alguien retiene el perdón de los agravios es demasiado pobre de corazón; hace lo mismo que el usurero, pero no con el dinero sino con la misericordia; retener el perdón también nos hace mezquinos.

Hay quienes me han dicho que les es demasiado difícil perdonar a alguien ofensas o agravios leves o graves; me han dicho, incluso, que definitivamente no pueden. Pero eso es un error; sus corazones son pobres. ¿Qué ganamos acumulando ira, violencia, odio en el corazón? Nada. Son como aquellos prestamistas que acumulan dinero. Lo único que trae el resentimiento es amargura, tristeza feroz; nadie es feliz cuando guarda rencor, porque el ser humano está hecho para ser feliz, esa es la vocación fundamental, la necesidad más apremiante. El que no perdona a los enemigos no se esfuerza en ser feliz, ha olvidado el espíritu de las bienaventuranzas, ha olvidado esta: “dichosos los misericordiosos porque alcanzarán misericordia”. Y Jesús invita a la alegría; de hecho no hay ninguna enseñanza de Jesús que no tenga que ver con esto; toda la doctrina de Jesús tiene como base la felicidad del reino celestial.

Si alguno no perdona las ofensas vive sin el don más grande: la alegría. Yo suelo decir, a quienes aseguran que no pueden perdonar, que sí es posible, que cuando lo hayan intentado aparentemente todo y no logran perdonar, vayan a cualquier Iglesia, a un templo, y que miren al crucificado (casi la totalidad de los templos lo tienen) y que contemplen esa imagen, que contemplen el corazón traspasado del Señor Jesús, que recuerden todo aquel evento: Jesucristo murió por todos, para que todos alcanzáramos el perdón divino, el perdón de los pecados; les digo a ellos que recuerden las palabras de Jesús en la cruz, ante todo, esta: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”; esto es la mayor prueba de que practicar la misericordia es posible. Si el Señor Jesús pudo perdonar a los que le injuriaban, a quienes lo habían azotado, coronado de espinas y crucificado y, además intercedía por aquellos ante el Padre celestial, eso significa que el perdón es posible. Nosotros no somos Jesús, pero estamos hechos a su imagen y semejanza; tenemos la misma capacidad. Estamos llamados a reproducir en nosotros la imagen de Dios, de Jesucristo, y Jesús es misericordioso.

Si no perdonamos las ofensas es porque no lo hacemos en oración, es porque no hallamos la paz, y no la tenemos porque acaso no rezamos, porque acaso no hemos sufrido lo suficiente; solo el que sufre sabe el precio del dolor, y solo quien conoce el precio del dolor conoce el valor de la felicidad; y la felicidad es aquel que perdona todo y perdona siempre: el Padre celestial.